Tribus urbanas
Circo romano siglo XXI
El Vale Todo es una disciplina que se originó en Brasil, pero que hoy tiene representantes en varios países del mundo. Un octógono enrejado funciona como ring; y ahí dentro no hay reglas para los luchadores. El fin del combate se determina por la inmovilización absoluta o la rendición mediante el pedido de clemencia. Aquí un paseo por un mundo particular de la mano de los mejores representantes argentinos.
Autora: Andrea Mallimaci / Fotógrafo: Santiago Filipuzzi
Haciendo inevitable la reminiscencia al viejo circo romano, un octógono enrejado marca el adentro y el afuera del Vale Todo. Adentro, dos luchadores despliegan todo tipo de destrezas con manos, pies, rodillas, talones y cuerpo entero. Afuera, muchos más gritan, ensordecen con órdenes de guerra. Se desesperan por el triunfo o la derrota más cruenta que un deporte pueda ofrecer.
Su origen suele radicarse en Brasil con el nombre de +Vale Tudo+ y se basa en la libertad casi total durante esta especie de match. Esto es: toda disciplina, toda táctica, toda estrategia es válida. El combate se pierde cuando uno queda absolutamente inmovilizado o cuando se rinde, golpeando el suelo o pidiendo clemencia. Estados Unidos no tardó en imponer reglas, formas, ídolos y toda la parafernalia para, incluso, suavizar el nombre: muchos ahora nombran al Vale Todo como MMA -por sus siglas en inglés Mixed Martial Arts-, o Artes Mixtas Combinadas. Hoy los luchadores de MMA son verdaderas estrellas descomunales en los Estados Unidos.
Por el sur del continente la vida es otra. Guido Astengo es una de las personas que pisa más fuerte en términos del Vale
Todo como disciplina en la Argentina. Lejos de ser una estrella, goza de su trabajo con su academia y sus discípulos.
Argentino de nacimiento e hijo de trabajadores de aerolínea, conoció casi el mundo entero desde chiquito; y en cada país se interesó por las arte marciales. Más de seis cinturones negros en diferentes disciplinas dicen algo de su recorrida por el mundo. La otra es su experiencia como luchador. Peleó en los Estados Unidos, Francia, Brasil y España. Confiesa un solo knock out, pero mucho camino recorrido: “Me han tenido que operar la rodilla, me han abierto y me han cosido”, dice.
Hoy, retirado del octógono y asentado nuevamente en la Argentina, se dedica a forjar su Dojo (academia) y a entrenar futuros luchadores. De las decenas de alumnos, solo se suben al octógono unos pocos. Las reglas son claras: él decide quién, cómo y cuándo.
En GOA, así el nombre del Dojo, dos perros doberman gigantes reciben a los visitantes con cierta desconfianza. En pleno barrio de Liniers se puede entrar por un pasillo a un submundo en el que un ring convive con cuadros de Dalí y un sahumerio prendido corre el riesgo de apagarse por el viento que tira la bolsa al patearla. El ambiente es tranquilo. Nadie habla demasiado y todos se agarran, se golpean y se enseñan. De repente suenan chicharras ensordecedoras, pero los perros parecen no inmutarse. “Hoy GOA es una academia en la que uno viene y traería al hijo. No se trata solo de enseñar a golpear a alguien”, dice Astengo tratando de explicar su firme creencia de ir mucho más allá de la técnica.
PEQUEÑA FIERA
Tres parecen ser las promesas de GOA: Maxi, “Guidito” y Favio. Todos pelearon en el último bimestre y ganaron por knock out. Sus cuerpos lo sienten, pero a ellos parece no importarles mucho. En la cocina de GOA, los tres tienen aún cierto resabio de trajín. “Guidito” es el que se lleva la peor parte: un yeso en la mano derecha le indica que por ocho meses no volverá a subir a pelear. Lejos de estar decepcionado, sentencia casi orgulloso: “Yo sabía que me podía romper la mano y me la rompí”.
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