Tribus urbanas
Dulce sacrificio

Los remeros resignan la fiesta y el alcohol, abandonan la tibieza de la cama para echarse sobre la superficie helada del agua, le ofrendan los siete días de la semana al ejercicio físico y hasta pueden perder cuatro kilos en una sola jornada por el esfuerzo. Pese a todo esto, pocos deportistas le profesan tanto amor a un deporte como ellos al remo.

Autor: Mauricio Moreno Martínez / Fotografías: Víctor Candia y cortesía Escuela de remo Delta Rowing

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Sin ese vicio tibio del cigarrillo. Y sin ese vicio ardiente del alcohol. La vida, para ellos, se vive así, sin reviente. Es sacrificio puro al servicio de la vitalidad. Porque hasta el trasnoche más benigno te pasa factura. Tan cierto como cruel. Y entonces de nada servirían las casi tres horas de entrenamiento sobre el agua, la hora consagrada a los rigores del gimnasio ni los ocho kilómetros de trote que coronan una jornada de entrenamiento. Así son las cosas en este deporte, el remo. Así son las cosas para ellos, los remeros.
Fue hace más de 20 años, pero Fernando Martínez lo recuerda bien. Empezó a practicar gracias a unas regatas intercolegiales, luego de una preselección. Le gustó. Y eso que vivió en su propio pellejo los rigores del remo. Sufrió la inclemencia de levantarse a las seis de la mañana de su cama tibia para echarse sobre la fría superficie del río y ofrendarle los siete días de la semana a los ejercicios físicos, incluso al extremo de perder cuatro kilos entre líquidos y grasas en una sola jornada a causa del desgaste. Y eso solo se hace por amor.
Dice Martínez: “Remero es igual a sacrificio. Cada hora de entrenamiento, cada mañana helada en el río y las largas horas de ejercicios en tierra van formando en la persona un estilo de vida. Cualquiera que se precie de ser remero debe haberse sacrificado”.
Jorge Molina es un remero viajante. Quién sabe, dice él, si hubiera podido conocer tantos lugares de no haber sido por el remo. Transitar por Alemania, Inglaterra y Canadá no está nada mal, y menos antes de los 20 años. Luego, de entrenador, mucha Europa y Norteamérica. El, igual que Fernando, antepone el sacrificio a la hora de definir al remero. Dice que hablamos de un tipo sacrificado, y que el que no lo es, lo está empezando a ser, porque si no no dura en este deporte. Y agrega que los remeros son, él incluido, personajes especiales. “¿Especiales?”, se le pregunta. Molina responde: “Entrenan todos los días de la semana durante meses, con lluvia y con frío, para competir durante seis u ocho minutos y generalmente en un evento en el que lo ve su novia, la tía y tres más, y sin prensa, medios ni dólares. ¿Te parece poco?”.

BUSCANDO EL POR QUE
El remo es un deporte que consiste en recorrer una distancia utilizando una embarcación impulsada por uno o varios remeros. Su origen en la Argentina es tan antiguo que los primeros torneos se remontan a fines del siglo XIX. Y es tan basta su presencia que hay decenas de clubes y escuelas, muchos de ellos históricos, que fomentan su práctica.
El slogan tiene razón: Tigre es sinónimo de remo. Es que allí es donde más remeros se concentran. De hecho, alberga a la Pista Nacional, exactamente en una cuenca del Río Reconquista. Claro que también hay pistas en otros lugares del país, incluyendo el interior; pero sí, el slogan tiene razón.
Para Santiago Fernández, uno de los más populares remeros del país que participó en los últimos Juegos Olímpicos, el remo no es divertido. Para nada. Reconoce que se hacen muchos amigos, ok, pero que no es como un juego: “Entrenar es duro y no divertido”, dice. Acaso sea por eso que destaca la perseverancia como atributo distintivo de los remeros. Pese a todo lo disfruta. Y le reporta ese gustito en el que coinciden todos ellos: el placer del aire libre. 

TODO SOBRE ESTA TRIBU LO VAS A CONOCER EN EL PLANETA URBANO DE NOVIEMBRE