La vida en blanco o negro

Las estructuras establecidas del mundo moderno se derrumban a pasos agigantados y el traspaso hacia una nueva forma de humanidad exige transitar por un camino donde rige la polarización. Pero lo interesante está al final, en un mundo a todo color.

Autor: Brad Hunter

Corría el año 2289 y en la ciudad de Nueva Obama, un abuelo le recuerda a su nieto los orígenes del nombre de su pueblo, la historia de un hombre negro que gobernó, en el 2009, un país dominado por hombres blancos. Por entonces esa gran nación se llamaba Estados Unidos. Los cambios en el planeta, debido al avance del mar, dividieron su geografía conformando estados independientes y achicando la superficie de ese antiguo y gran país. Eran momentos del mundo donde a pesar de haber muchos credos y religiones, todos creían en un dios que era verde y de papel. Las personas lo adoraban y los que eran beneficiados por él, podían acceder a grandes lujos y glamorosos automóviles movidos por combustibles que contaminaban el aire que todos respiraban sin que nadie reclamara por ello.

El abuelo también hablaba de la existencia de un lugar desde el cual se controlaba la codicia humana y en el que, a manera de un templo, se decidían los mandatos del aquel dios verde y de sus dioses aliados aquí en la Tierra. El lugar estaba ubicado sobre una calle denominada Wall Street, que se extendía a lo largo de una esplendorosa ciudad que terminó sumergida en el mar por causas de aquel tremendo cambio climático que aquejó al planeta por entonces.

La historia del abuelo habla de una etapa en que la humanidad era víctima de un sistema económico en el cual unos pocos ganaban mucho gracias a la especulación y al empobrecimiento de la mayoría. Eran los tiempos de la globalización, un proyecto que pretendía unificar a los países, a las culturas y a los sistemas económicos, pero que en su fracaso terminó por polarizar y dividir a las personas. Por entonces el mundo estaba tristemente enfrentado: ricos y pobres, nativos e inmigrantes, blancos y negros, demócratas y republicanos, alegres y tristes; era un momento en el que los límites geográficos marcaban los lugares en los que se vivía bien y en los que no; un momento en el que todos blanqueaban sus diferencias en una única caja en la que el blanco y negro del separatismo era reemplazado por la ensoñación de una irrealidad a color y en alta definición. Nunca antes en la historia de la humanidad la brecha entre quienes trabajaban y quienes acumulaban riquezas sin trabajar ha sido tan grande. Nunca el mundo estuvo tan dividido a pesar de lo arraigado de la globalización que pretendía unir a los hombres en una única aldea planetaria.

En aquellos tiempos existía un líder espiritual que vivía muy preocupado por ver cómo el ser humano perdía salud para ganar dinero para después perderlo recuperando su salud. Ese líder se deprimía por pensar cómo los políticos del Tercer Mundo planificaban desarrollos ferroviarios de avanzada mientras sus pobladores caían en la pobreza por falta de medidas sociales, de salud y de seguridad. Eran gobernantes que se concentraban en las ganancias que podían obtener de los beneficios de la tierra, sin importar que el clima cambiara frente a sus narices y olvidando de ocuparse de preservar la Tierra, aquella madre que honraban incondicionalmente nuestros ancestros, porque sin ella nada podía nacer. Estos gobernantes fomentaban el separatismo entre ricos y pobres, entre blancos y negros, entre quienes vivían en el campo y los que lo hacían en la ciudad. Discursos similares en todo el mundo se escuchaban e invitaban a los pobladores a estar con “dios” o con el “diablo”. Fue entonces cuando poco a poco comenzaron a despertar grandes sectores de la humanidad y un nuevo mundo sin polarización comenzó a ser reclamado por todos aquellos que ya no aceptaban que el destino se manejara en blanco o negro.

De esta forma comenzó la crisis que dio como resultado el nacimiento del mundo nuevo, una historia que enfrentó a la población planetaria en dos visiones: los optimistas que veían todo en blanco y los pesimistas para los cuales todo era negro. Aquella fue una crisis que enseñó a todos a ver las cosas como realmente eran y, sobre todo, hacerlos entender que por sobre la polaridad de la inconsciencia está la trascendencia de la conciencia.

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