Volver a la tierra

El éxodo de las ciudades pasó de ser la ilusión romántica de vivir junto a la naturaleza para transformarse en una opción viable y sustentable frente a la crisis y el colapso de las urbes. Si hay alguien que sabe de esto es Marcelo Pais, que aquí nos cuenta su experiencia.

Por Brad Hunter / Fotógrafo: Roberto Villamil

Las condiciones de vida en las ciudades se han vuelto progresivamente más extremas y con un panorama a futuro poco alentador frente a la amenazante y creciente crisis económica. Mientras esto sucede, muchas personas comienzan a evaluar la posibilidad de asentarse en zonas rurales con la intención de buscar entornos más seguros para sus familias y en contacto con ecosistemas naturales. El gran problema que surge entre los audaces ciudadanos que deciden convertirse en campesinos es que no poseen la preparación suficiente para la autosustentación.
Marcelo Pais, uno de los principales referentes e impulsores de los cultivos orgánicos y de la ecocultura argentina, nos ofrece en esta entrevista un panorama esclarecedor para volver a integrarnos a la naturaleza. Comenzó un proyecto con un capital de ciento cincuenta pesos, Sol de Acuario, la primera empresa de productos ecológicos certificados de la Argentina, la que para el año 2001 facturaba 700 mil dólares por año y exportaba a diversos países. En su libro Volver a la Tierra, guía básica para vivir en el campo, realiza un importante aporte informativo y práctico para comenzar a ser los generadores de nuestros propios recursos.

¿Cómo empieza tu relación con el campo y los ambientes naturales?
Nací en Santa Fe, me crié a pocas cuadras de la laguna Setúbal y, como dice el dicho, “la infancia es la patria de uno”. Sufrí un cambio brusco al tener que mudarme a Buenos Aires por decisión de mis padres. De la naturaleza pasé al barrio más gris y ruidoso que nunca jamás imaginé de chico. Al nacer mi hija Morena decidí que debía criar a mis hijos en el campo; sentí la necesidad de volver a la naturaleza. El gran problema es que no tenía experiencia alguna en cómo trabajar y vivir de los recursos de la tierra, pero la vida te manda señales. En pleno Viamonte y Uruguay había un cartel pegado en una esquina, en el que se ofrecía un curso de huerta orgánica y que leía todos los días cuando pasaba por allí. Una tarde me dirigí a la dirección que figuraba en el anuncio y allí conocí a Ernesto Flores y Guillermo Schmit, los fundadores del Cenecos (Centro de Cultivos Orgánicos), una de las primeras fundaciones de cultivos orgánicos de nuestro país. Me inscribí en el curso y al poco tiempo nos dirigimos a un campo y en ese momento se despertó algo en mí que hasta el día de hoy me apasiona profundamente. Ese curso marcó un nuevo rumbo en mi vida. Posteriormente encontré el lugar para desarrollar lo aprendido y fue justamente en San Marcos Sierras, Córdoba, en donde estoy instalado hace ya casi 25 años.

¿Cómo ves la actual situación desequilibrante que existe entre los ecosistemas del campo y la ciudad?
Cuando comienzo mi investigación para el libro descubro que cada día alrededor de 160 mil personas emigran del campo a la ciudad en todo el mundo, mientras que por otro lado comienza a darse un proceso inverso. Lo que me motivó escribir Volver a la tierra, es poder brindarle a las personas que inician un proceso similar al mío, herramientas para sobrevivir en un medio para el cual no están preparados. Creo que existe una necesidad -que me arriesgo a calificar de genética-, que empuja al hombre a dejar las ciudades para retornar a un medio que es verdaderamente acorde a nuestra propia naturaleza. En definitiva somos animales, mamíferos que no estamos diseñados para vivir en ecosistemas enfermos como los que se presentan hoy en día en las ciudades. Las urbanizaciones no son un medio acorde para un desarrollo natural. Existe un fenómeno muy particular y es que, a pesar de poseer la mayor concentración de habitantes, las ciudades ocupan tan solo un 0,4% de espacio del planeta. A pesar de este porcentaje son fábricas de contaminación que generan impactos ambientales muy alarmantes. Las ciudades, vistas desde una perspectiva satelital, son semejantes a carcinomas que se esparcen por la superficie del planeta. Somos como células enfermas de un cuerpo planetario, las cuales funcionan desconectadas de la programación original. Al vivir en medios desarmónicos y contaminados por fuerzas invisibles como el electromagnetismo producto de la tecnocracia, nuestros propios campos electromagnéticos se desestabilizan provocando las diversas enfermedades que aumentan exponencialmente.

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