Concha Buika
Gitana de ébano
Nació en España, pero su familia llegó desde el Africa y su música evoca ese ambiente. Con voz aguardentosa, personalidad avasallante y el madrinazgo de Chavela Vargas, acaba de desembarcar en la Argentina.
Por Martín E. Graziano / Fotografías: Cortesía Jorgela Argañaras
Al otro lado del teléfono y del océano Atlántico, la voz de Concha Buika suena arenosa y herida como un cuchillo desafilado. Sin embargo, la española parece divertirse muchísimo con el reportaje y con las conjeturas sobre su música que, a priori, parece provenir de un mestizaje forzado. Una negra cantando coplas y rancheras, con quejido gitano y un sutil enfoque de blues. Su último disco, Niña de fuego -primero en editarse en la Argentina-, echa por tierra el prejuicio. “Aunque no seamos iguales, ¡somos todos lo mismo, papa! -dice Buika-. Yo creo que Miles Davis y Chavela Vargas intentaban expresar lo mismo”. Tiene razón, las distancias estilísticas son una ilusión.
Concha nació en 1972, en Palma de Mallorca, pero su familia llegó a España desde la república africana de Guinea Ecuatorial. “Mi mamá venía con el oído abierto. Ella no sabía de tribus urbanas ni de modas, pero bailaba todo africano. Daba igual que fuera Tchaikovsky, rock ‘n roll o Michael Jackson. En mi casa la música siempre han sido siete notas, sostenidos, bemoles, historias para contar y gente con ganas de contarlas”. El barrio donde se criaron Concha y sus hermanas lindaba con un vecindario gitano. Por la ventana abierta le llegaban las coplas y el cante altivo de los gitanitos con los que se escapaba por las tardes. De todos modos, asegura, había decidido cantar mucho tiempo antes: “En el momento en que coroné el óvulo de mi madre. Estoy totalmente convencida de que mi melodía lleva aquí mucho más tiempo que yo”.
Al comienzo fogueó su versatilidad como cantante en los bares de Mallorca, alternando una experiencia teatral junto a La Fura dels Baus y algunas grabaciones para hits de la escena house europea. En el año 2000 editó su primer disco, Mestizüo, acompañada al piano por Jacob Sureda. “Lo grabamos en la casa de un amigo y lo pagamos con un pastel de mi madre y una camiseta que me regaló algún muchacho -se ríe-. Es tan romántica la historia que ahora, cada vez que una persona me trae ese disco a un concierto, me da mucho orgullo verlo”. Con una distribución limitada y un acercamiento hacia un repertorio mayormente vinculado con el jazz, Mestizüo quedó en su carrera solo como un paso preparatorio.
Una historia que a Concha le hace mucha gracia es cuando, poco tiempo después, llegó de algún extraño modo a Las Vegas para trabajar como doble de Tina Turner en los lujosos casinos Luxor y Gold Coast. “Bailaba como Tina, con una peluca de dos mil pesetas súper-chunga que parecía cola de rata, y unos zapatos muy feos que me hacían mucho daño todas las noches. Eso fue muy freak”.
NIÑA DE FUEGO
De regreso en España fijó residencia en Madrid y consiguió contrato de grabación con Dro Atlantic. Registró el homónimo Buika (2005) que, si bien sugería su potencial, aún no desplegaba la honestidad lacerante de los pasos siguientes. Faltaba el reencuentro con Javier Limón, guitarrista y productor español, referente de la escena actual del flamenco que trabajó en El Cantante, de Calamaro, y Lágrimas negras, de El Cigala y Bebo Valdés.
CONOCELA POR COMPLETO EN EL PLANETA URBANO DE OCTUBRE