EDUARDO PLA: Dimensiones distinguidas
El enlace de su renombrada experiencia en el exterior con su determinada apuesta en lo local le permitió aunar eclecticismo y espacio artístico. Con la bandera de lo electrónico, lo virtual y lo digital amplió el mapa de concepciones sobre el éxito de la belleza. Disciplinas relacionadas para el encanto visual.
Por Diego Risaldo / Fotografías: Gentileza Eduardo Pla.
El bunker de trabajo que usa Eduardo Pla queda frente a una de las tantas plazas de Palermo. Es un loft pleno de obras de arte que llevan a imaginar que solo están descansando o reposando antes de salir al ruedo. Esculturas, pinturas, esferas y demás objetos de deseo. Recientemente expuso en Puerto Madero en un lugar cuya particularidad es que no es una galería de arte, sino un negocio de antigüedades y modernariado. ¿Qué es modernariado? “Quiere decir de los años ´50 y ´60, más de los ´70 no. Es algo técnico de la historia del arte, porque ya antes viene el art déco, antes el art nouveau y después viene lo clásico”, explica Eduardo sentado en su cómoda silla desde donde custodia una computadora ubicada delante y una pantalla plana grande que tiene detrás. Estos artefactos electrónicos están sincronizados entre sí. Y este entendido les suma todos sus conocimientos sobre el arte, la vida y el mundo.
Una perfecta unión de lo virtual con lo real.
Cuando le preguntamos por qué decidió participar respondió con entusiasmo: “Me pareció interesante en el sentido de que hay cosas raras, más allá de los cuadros y de las esculturas que están en todas las galerías. Es ecléctico. Y también la propuesta de los artistas que acompañan: Marta Minujín, Rogelio Polesello, Renata Schussheim y Alejandro Raineri”.
Lo que realizó este mago de las ilusiones consistió en cuadros proyectados a la computadora y luego pintados con acrílico sobre tela. Todo relacionado con el tema del círculo y de la esfera.
E. P. U.: ¿Cuál es tu historial en relación con las esferas?
Eduardo Pla: Siempre traté de no ser encasillado en un tema o en una técnica porque me gusta hacer de todo, claro que eso me valió el rechazo de muchos críticos. Desgraciada o afortunadamente, me llama el director del Museo Nacional de Bellas Artes, Jorge Glusberg, para la primera bienal de arte en Buenos Aires. Me ofreció hacer algo para poner afuera del museo y me sugirió que fuera grande. Las opciones eran en la pileta al lado del Bellas Artes o en las escaleras del Museo de Arte Moderno. De todos modos, la esfera gigante que estaba en la puerta del Bellas Artes fue acuchillada por la noche.
Ahora me sucede que, a partir de ese entonces, me encasillaron como el artista de las esferas. No me molesta tanto porque sigo investigando el tema.
El punto de partida de esto se remite al año 1990, cuando estaba trabajando en Milán en el Studio Alchimia. Ahí surge la idea de armar una colección de muebles, objetos y telas basados en lo esférico circular. Hicimos relojes, cajoneras, copas, ceniceros, lámparas de techo y de pie, etcétera.
Una cosa es trabajar sobre el plano, que me aburre porque no vengo del mundo de la pintura, sino del cine, la televisión, la arquitectura, el diseño, etc. Todo esto me acostumbró a trabajar en lo tridimensional.
E. P. U.: ¿Preparaste algo nuevo para ArteBa?
E. P.: Para la feria hice una escultura, que la proyecté en mi cabeza basándome en la computadora. La idea fue a parar a Murano y ahí conectaron el archivo de programa a un láser que iba cortando el cristal. Lo que me pasó fue que, por cuestiones de tiempo, yo no podía estar en tiempo real cuando pasaba. Virtualmente estaba bien, pero en la realidad los resultados no siempre son los mismos. Tuve miedo, pero por suerte quedé encantado con cómo lo trabajaron los italianos que me ayudaron. ¿Quién decide si está bien o mal? No son los críticos, ni los curadores, ni el artista. En mi caso, la que decide es la gente.
Resulta que la primera presentación se realizó en Italia y vi cómo se aproximaban tanto italianos como extranjeros. Lo que tiene de sorpresa es que las planchas son transparentes, pero al mismo tiempo reflejan. De cerca, más todavía y en diferentes estilos. Pesa 450 kilos.
Precisamente se exhibió en la puerta del lugar de la sede central del Festival de Cine de Venecia, en la Bienal de Arte y en el Hotel Excelsior. Fue a verla un crítico italiano muy famoso, al que llevaron en helicóptero hasta el aeropuerto, donde se subió a un Rolls Royce rojo con la insignia comunista en amarillo. Lo estaba esperando en la muestra y cuando llegó fuimos a pasear juntos hasta llegar a la escultura. Hizo una crítica textual e incluso se sacó fotos con ella. Y la verdad que me encanta mucho más exponer al exterior que adentro de un lugar. Fue mi tercera participación en lo que se llama Open Space, que se realiza hace 10 años. Me gustan las instalaciones raras y locas, que llamen la atención.
Para mí fue una experiencia shockeante, muy fuerte, por esto del comunismo y el capitalismo reflejados en un tipo importante que habló sobre mi obra. Y encima amo Venecia y tengo muchos amigos allá, lo cual es muy bueno.
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