Inés Efron
La niña de los opuestos
Es uno de los talentos más admirados del nuevo cine nacional argentino. Ambigua, inocente y eternamente joven, dio cátedra con cada personaje que interpretó. Vida y obra de una de las actrices a la que solo se le puede augurar esplendor.
Por Ignacio Magurno / Fotógrafo: Mariano Ureta
La plaza cerrada. El refugio de los niños convertido en una jaula inexpugnable. El tren, a la hora señalada, parte presuroso, inapelable. Nunca espera. Todos lo respetan. Los bares, los árboles y los autos son el decorado, un fondo simple del inmenso teatro urbano. Entonces parece que por fin se acerca, pero el espejismo que se forma en el asfalto impide divisar la cercanía de nuestra heroína. Los extras van y vienen mientras tratan de acaparar la atención de una escena de la que nunca serán protagonistas. Suena el teléfono. Es ella.
Inés Efron, con su pelo corto, estuvo parada media hora en una esquina equivocada, solitaria, como quien espera a ese amor que se fue y no volverá jamás. Por eso se demoró unos minutos. Su mirada es inocente, su cuerpo esbeltísimo y su tono de voz es tan calmo que hace que resulte difícil imaginarla gritando, o enojada y molesta.
La niña Efron parece haber sido desde siempre eso, una niña, por más que sus veinticuatro años confirmen que nadie puede detener el paso del tiempo, ni tampoco disimular algunos rasgos que delatan su adultez: inteligencia, soberanía, decisión. ¿Recordar tiempos pasados? Sí, eso no parece tan dificultoso.
“Sufría bastante, era como una niña que se sentía un poco afuera de los lugares: de la escuela, de las amistades, de mi casa. Como si nunca hubiera tenido un lugar de pertenencia. Hubo una época en que me retiré de la vida. Por un problema en la columna tuve que usar un corset para la espalda. Lo asumí y dije ok, yo me alejo del mundo justo en la edad en la que te hacés mujer. Me excluí mucho, y por eso hice amigos por carta. Pero siempre fui muy cambiante. De pasar un año así, al año siguiente estaba muy explosiva y tenía muchos amigos. Eran polos, de estar muy ensimismada a muy para afuera.”
En una línea de tiempo imaginaria, ubicar los acontecimientos en la vida de Inés Efron puede resultar desordenado, tanto como querer encontrar un aviso en un clasificado de un diario sin saber qué se está buscando: el significado de la vida, una respuesta coherente a algún drama adolescente o las causas por las que esta chica se decidió a actuar.
“El primer recuerdo que tengo es de una muestra de danza, cuando tenía siete años, que bailé en una terraza, y que me gustó mucho sentirme observada. No pensaba en ser actriz, quería ser veterinaria o publicista también. No sé, siempre buscaba el mundo a través del diario, que era para mí como una forma de cómo llegar a lo que para mí era la vida en ese momento. Me sentía muy limitada y el diario me abría. Tenía catorce años. Vi que había un taller de teatro y fui. Le pedí a mi mamá que me llevara porque era en Capital y yo vivía en provincia. Fue como una excusa para viajar a Capital en realidad. Ahí empecé en ese taller, donde creo que empecé a sentir que algo me entusiasmaba con actuar.”
EXTRAÑO SER
Hay un antes y un después en la vida de Inés Efron desde su brillante participación en XXY, el aclamado film de Lucía Puenzo. Allí compuso al andrógino Alex, el hijo hermafrodita de Ricardo Darín y Valeria Bertucelli, un ser marginado y atormentado por su ambigua condición sexual, y que debió sufrir las miradas condenatorias y el rechazo de una sociedad intolerante. Desplegó sobre la pantalla un talento soberbio, una mezcla de naturalidad con intuición y ubicación. Pero no es tan fácil ser una hechicera.
CONOCELA POR COMPLETO EN EL PLANETA URBANO DE ENERO/FEBRERO