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Ego trip: Silvina Benguria Vida y arte se reafirman en cada una de sus fascinantes imágenes ofrendadas al trazo o al color con la gracia, el lirismo y cierta audacia esenciales en una artista en verdad incomparable. Por Fernando Noy / Fotografías: Ramón Zumba UNO. Cuando estoy trabajando en la pintura lo único que me importa es sentirme feliz. Por supuesto que me gusta obtener una respuesta del público, pero encerrarme a pintar es lo que más llena mi alma. Y si de algo estoy segura es que el arte en mi casa es congénito. Incluso recuerdo que los típicos juegos de la niñez, con las muñecas o visitando amigas, en el fondo siempre me aburrieron. Prefería incluso que mi hermano, cuando le faltaba un amigo, me obligara a jugar al fútbol. Para desarrollar mi imaginación siempre necesité estar sola. El mandato de mi padre establecía que mi destino y el de mis hermanas sería ser mantenidas. Para él no teníamos que trabajar, y si tampoco estudiábamos, mejor. Quería que nos dedicáramos a tejer, cocinar, aprender idiomas, jugar al tenis y al golf como señoras serias, pero nadie le hizo caso. DOS. A pesar de todo, en el colegio era bastante buena alumna y me encantaban las matemáticas. Era un colegio de monjas, olvidable, que se llamaba La Santa Unión. Mi madre y mi abuela habían ido ahí. Claro, ellas ni se imaginaban que existían otros mundos o el hecho de hacer algo distinto. En la familia estaba arraigada la costumbre de verse diariamente. Yo sospechaba que existía otra vida, algo mejor que ir a comulgar los primeros días de cada mes. Juro que todos los días 2 de febrero, en Mar del Plata nos colocaban unos vestidos blancos inflados con coronitas de flores para participar en la procesión a la Virgen Niña en la Iglesia Stella Maris. El hecho de no poder comer antes de comulgar ya me molestaba. Mi padre, además, no me daba plata para pagar los talleres, solo recibía algo a los efectos de comprar ropa y esas cuestiones. Por lo tanto tenía que pasarme inventando otros asuntos, como el convencerme de ser artista gracias a mi tío Chocolat Benguria. El me presentó a un pintor español llamado Eufemiano Sánchez. TRES. El taller por suerte quedaba muy cerca de nuestra casa, por Figueroa Alcorta y Ocampo. Allí me enseñó las bases. Aunque yo sentía que mi cabeza a veces iba para otro lado fue muy importante adquirir experiencia para saber realizar ciertas cosas. Sin ese sustento la imaginación prácticamente no sirve. Enseguida, luego de terminar la etapa del taller, pinté unos cuadros que consistían en una especie de ciudades comprimidas color menstruación. Los expuse en Lirolay, la Galería en que empezaba todo el mundo. Vicente Forte me sugirió presentarme para el premio de la Hebraica. Empecé con el pie derecho. CUATRO. La gente no logra comprender que la verdadera felicidad consiste en estar con uno mismo, haciendo el trabajo que lo nutre. Sin embargo, la preocupación por figurar y estar mostrando se vuelve demasiado absorbente. Al poco tiempo de esta muestra me pasó algo terrible al casarme con una persona que quería mucho, pero de la que en el fondo todavía no estaba enamorada. Con el tiempo vino el amor, lo confirmé cuando viajábamos hacia Europa y podíamos quedarnos horas mirando un cuadro, una columna o escuchando música, sin molestarnos el uno al otro. EL EGO TRIP COMPLETO DISFRUTALO EN EL PLANETA URBANO DE OCTUBRE
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