Liliana Herrero
Canto del alma
Autor: Martín E. Graziano / Fotografías: Cortesía Jorgela Argañaraz
Este comienzo puede parecer caprichoso, pero acaso no lo es tanto. En su libro Efecto Beethoven, el crítico argentino Diego Fischerman escribió: “Los gauchos no cuidan la pureza tradicional del asado de la misma manera que las señoras griegas no lo hacen con las ensaladas. Unos quieren asar la carne y las otras buscan los sabores más atractivos. Y de esa manera, más que preservar una cultura, lo que hacen es, simplemente, crearla”. De alguna manera, de eso trata esta nota. De una artista que, en lugar de preservar una cultura como si fuera una pieza de museo se ha dedicado afanosamente a insuflarle vida.
Porque cuando Liliana Herrero canta, algo se produce. Hay un detenimiento de ciertas normas. Las circunstancias diarias quedan afuera, en la calle. Como diría el uruguayo Fernando Cabrera, hasta “el tiempo está después”. Liliana Herrero conecta con algo que nos excede. De alguna manera oficia como un chamán y su instrumento son las músicas de esta parte del mundo, esgrimidas con una voz inolvidable.
Obvio que detrás de esa hondura hay un trayecto recorrido. Liliana nació en Villaguay, Entre Ríos, pero a mediados de los ‘60 se radicó en Rosario para estudiar filosofía. Allí, además de militar en las juventudes peronistas y dedicarse luego a la docencia, trabó relación con Fito Páez y participó de algunos grupos vocales: “¿Sabés cuántos años la imité a Mercedes Sosa? -reconoce hoy Liliana-. Muchísimos más de los que soy consciente. Pero lo extraordinario es que del esfuerzo por despegarte de alguien que admirás mucho puede aparecer algo nuevo”.
Promediando los ‘80 Páez la convenció para que grabara. Así llegaron sus primeros discos producidos por el rosarino, que generaron un gran impacto por el tratamiento vanguardista con el que arribaba las letras de Manuel Castilla, el “Cuchi” Leguizamón, Atahualpa Yupanqui y Ramón Ayala. Poco a poco fue sumando compositores de distintos orígenes, como Spinetta, Renato Texeira, Eduardo Mateo y Chabuca Granda, conformando así su propio universo estético.
Si bien a lo largo del camino fue incorporando y descartando enfoques, instrumentos y estéticas, una misma búsqueda subyace por debajo como un caudaloso río subterráneo. Allí está la inquietud permanente por el diálogo entre el folklore y distintas tradiciones afines. La lucha por no permitir que se congele nuestra cultura cuestionándola y recreándola, confrontándola con nuestros días.
Ahora, después de un proyecto faraónico y fundamental como fue +Litoral+, su iconoclasta disco doble -donde reinventó la tradición de la canción uruguaya y mesopotámica con guitarras e-bow, armonías de jazz y músicos de las dos orillas del Plata-, acaba de editar Igual a mi corazón. Liliana se apoltrona en un sillón y explica: “El disco trata sobre el caos y la unidad. El corazón es ese caos, pero a su vez el corazón siempre desea una unidad que le dé sentido al mundo”. Veamos.
En Litoral había un concepto muy fuerte, delimitado desde el título. ¿Cómo se fueron agrupando estas nuevas canciones?
No sé. Cada disco es el descubrimiento de un camino. Se te puede ocurrir un tema en medio de la combi durante la gira, o cuando llegás a un lugar y conversás con alguien y te pasan un material. También están los temas que quedaron en el cajón de discos anteriores. Yo llevo en un cuaderno el registro, día por día, de la grabación, y en mi computadora tengo un archivo titulado “Cartas por el Disco”, que son conversaciones con muchas personas con las que me voy escribiendo. Por otro lado, este trabajo iba a ser totalmente electrónico. Hasta estuve por comprarme un pedal para hacer experimentos con la voz, pero sin saber por qué fui buscando por otro lado.
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