Matías Martin
Lo público y lo privado

Noches rebeldes en Rock & Pop, tardes intimistas en Metro: la radio y la televisión; Cristina Fernández de Kirchner y el mote oficialista; el éxito y el fracaso; autoexigencia y reconocimiento. Todo eso para quien desdibuja sin suspicacias lo que a muchos espanta, el límite entre lo íntimo y lo permitido. 

Autor: Mauricio Moreno Martínez / Fotógrafo: Alejandro Kaminetzky

Matías Martin me aceptó en el Facebook. Eso decía el mail. Y si Facebook es una comunidad de amigos, o al menos un intento, Matías empezaba a ser el mío. Ahí estaba la foto: pelo dorado, mentón en triángulo, ojos pacíficos y sonrisa marca registrada. Sí, era él, Matías Martin, un amigo.

Wi Fi. Voces extranjeras. Ojos chinos y europeos. Cámaras colgando. Macs. El andar sin prisa. La cascadita y su rumor. Maderitas de spa. Palabras en un castellano violentado que parecen salir con el esfuerzo de un parto. Blackberries. Macetas de cemento, cuadradas, obvio. Mucho blanco. Roaming internacional. Matías eligió privacidad. Por eso estamos aquí, en el ámbito anónimo de este lindo hotel boutique, en Palermo, y bajo las miradas sin morbo de los turistas inocentes.
Lo primero que uno observa es su cara de mal sueño. Su cuerpo es todo sopor. Le cuento que es mi amigo, que estoy hablando con él, y entonces larga una carcajada todavía somnolienta. No, definitivamente el del Facebook no era él. O sea que no es mi amigo ni nada que se le parezca, aunque un rato antes sus maneras informales parecían decir lo contrario: borrando de un soplo la línea que divide lo público de lo privado, y abriendo de par en par la puerta de un mundo íntimo que no es tal, había empezado contando, como quien habla del clima, que su hijito era el culpable del mal sueño, que esa mañana no bien llegó la niñera se lo puso en las manos y se fue a dormir como pudo, que ése fue el motivo de que llegara tarde, y que perdón, perdón y perdón.

¿Cómo estás hoy con el manejo de tu intimidad?
Primero, mi vida está más tranquila. Hay menos motivos por los cuales me vienen a buscar. Y aprendí que no me tengo que enojar, que pierdo yo si me enojo, que es lo que necesitan, justamente. Igual hay algo medio raro: siempre que hago una nota me dicen “sé que no te gusta hablar de tu vida privada”, y la verdad es que me encanta hablar de mi vida privada. Creo que no hablo de otra cosa. Me paso todos los días en la radio hablando de si vino el plomero, si mi hijo lloró de noche, si vi una película con mi mujer... todas cosas que son de mi vida privada. Lo que no me gusta es comer mierda, o sea, ser el boludo de turno y que se burlen de mí. Eso es lo que no me gusta, pero de mi vida privada hablo siempre.

¿Te afecta la mirada ajena?

Sí, creo que a cualquiera que trabaja exponiéndose, poniendo su imagen, parándose delante de una cámara y frente a un micrófono, le importa la mirada ajena. Y vivirá más o menos obsesionado con lo que dicen de él. Pero sí, me importa. También creo que tiene que ver con cómo me manejo, no haberme prestado en general a los escándalos, aun teniendo oportunidades en las que podría haber reaccionado de una manera un poco más instintiva me guardé, me la banqué, supe ser más respetuoso y cuidadoso. No me hallo en el conflicto. De hecho hace unos días hubo algo así como un conflicto mediático que a mí me desagradó, no tenía ganas de formar parte, no tenía nada en contra de Andino tampoco (por Guillermo, al que Matías llamó “vigilante”), fue un comentario profesional, y como hay tantos programas que necesitan que haya un conflicto se llevó a un nivel que no lo podía creer. O sea, voy a decir lo que piense, soy bien cabeza dura, pero no es mi ánimo polemizar ni sacarle rédito a una polémica, no me interesa en lo más mínimo.

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