María Julia Oliván
La mirada social

Es una de las periodistas que más se involucró con la realidad argentina. Investigó, denunció y vivió cada situación extrema como si fuera propia. Hoy, a pesar de estar un poco agotada de los temas de la calle, sigue recorriendo con las mismas ganas cada rincón del país donde haya algo para contar.

Por Ignacio Magurno / Fotógrafo: Víctor Candia

Aquel día tuvo miedo en serio. Trabajaba en una revista y había descubierto cómo unos punteros políticos pagaban coimas a cambio de conseguir votos para cierta interna del Partido Justicialista. “Pantera” era un personaje peligroso de Villa Albertina, una zona del sur del conurbano bonaerense acostumbrada -como tantas- a la incidencia de esa clase de líderes populares que se convierten en expertos reclutadores de boletas electorales. Para colmo “Pantera” había estado preso en reiteradas ocasiones y era famosísimo por vengarse de quienes lo molestaban, por lo que no era conveniente meterse con él.
También conoció los rincones de la Isla Maciel, donde no solo paseó por sus calles y reductos, sino que además tuvo el privilegio de compartir los tablones y el viaje en micro junto a la hinchada de San Telmo en un partido por demás peligroso, ya que definía el descenso o la permanencia del equipo “candombero” en la segunda categoría del convulsionado fútbol de ascenso argentino. Por suerte salió bien.
Algunos años antes había compartido la dicha de vivir como una jubilada durante una semana, haciendo malabarismos para alimentarse correctamente todos los días con la miseria que pagaba el Estado. Claro que al cabo de algunas jornadas su humor no era el mejor, ya los efectos de una alimentación nutritivamente pobre habían alterado el normal funcionamiento de su organismo. Pero jura que cumplió el plan al pie de la letra.
Así es María Julia Oliván. Una periodista con fuerte compromiso social que a los 33 años, y con un extenso currículum a cuestas, parece haberlo vivido todo. Durante su infancia en Monte Grande solía acompañar a su padre a hablar con desconocidos o gente marginal. Cuando tenía quince o dieciséis años ya sabía que quería ser periodista porque eso le permitía entrar y salir de diferentes temas que le interesaban y no encasillarse con economía, abogacía o psicología, carreras a las cuales también tenía afecto.
“Cuando entré en la universidad a estudiar periodismo empecé a trabajar en la agencia de noticias de la facultad. Los profesores te guiaban sobre qué temas podías investigar de acuerdo a la zona de la que eras. Empecé investigando el tema de la basura en Monte Grande: me obsesioné con esa causa. Después seguí con las investigaciones hasta que a los diecinueve años me salió una pasantía en Noticias Argentinas de dos meses. Cuando terminó quería entrar a La Nación, así que mandaba notas todo el tiempo para los suplementos regionales”, recuerda.

¿Cómo llegás a trabajar con Jorge Lanata?
Hacía cuatro años que estaba en La Nación como colaboradora y me ponía mal el tema de que no me efectivizasen. Empecé a buscar nuevas alternativas y escuché que Lanata estaba por abrir una revista. Averigüé que Ernesto Tenembaum era el secretario de redacción y lo llamé para decirle que tenía una investigación para pasarle. Me atendió, le dije la verdad y le llevé una carpeta con todas las notas que había escrito para La Nación. Como le gustó el atrevimiento, ese mismo día me tomó. Tenembaum quería presentar algunas de las notas que había hecho en la tele, así que un día Lanata me hizo parar frente a la cámara.

¿Cómo reaccionaste, estabas nerviosa?
No sabía que me iba a mandar. Ese día estuve en la revista y después me fui a hacer notas en la Legislatura de La Plata. Volví, pasé por el piso a ver cómo había quedado -yo casi no aparecía en cámara-, y Lanata me dice: “¿Vos hiciste esta nota?”. Sí. “Vení”, me dijo. Sin maquillaje, sin prueba, sin vestirme.

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