El juego de la evolución y la ilusión
Autor: Brad Hunter
Cuando el interior de alguien entra en dualidad siempre es una ilusión. Cuando estás seguro de la unidad de la vida, el juzgar comienza a desvanecerse. En vez de amarnos los unos a los otros vivimos juzgándonos los unos a los otros. La dualidad nos muestra que, al mismo tiempo, los momentos difíciles son a la vez maravillosos para la evolución de la Humanidad. Son tiempos en los que la evolución se distancia de la involución. En la dualidad de la existencia todos sienten la necesidad de algo. Muchas personas tienen necesidad de amor, otras tienen necesidad de riqueza. Hay quienes necesitan represalias o guerras mientras otros claman a gritos porque sienten la necesidad de vivir en armonía y paz. Son tiempos en los que muchos piden la verdad, la justicia, el respeto y la amabilidad. En tanto crece en algunos el deseo y la necesidad de llenar sus vidas de distracción para alejarse de la realidad y apagar el inconformismo, otros buscan afrontar sus propios problemas y los de la vida misma, llenos de esperanza y ansias de superación espiritual. El deseo de poder lleva a algunos a manipular a otros, mientras otros acuden al llamado del necesitado.
La vida nos va poniendo a prueba y son los momentos actuales los que nos exigen que elijamos de qué lado de la polaridad queremos estar. La gran distancia entre una posición y otra de la vida es que, mientras una parte rechaza a la otra, la otra acepta ambas posturas como necesarias para alcanzar la superación y la felicidad. De eso se trata justamente la seguridad de la unidad de la vida y el aspecto necesario para dejar de juzgar y poder empezar a aceptar las diferencias como necesarias para equilibrarnos en la totalidad. Las dificultades de la vida nos van poniendo a prueba para ver si aplicamos el aprendizaje y nos ponemos al servicio de la evolución. Las necesidades del alma nos revelan nuestra esencia, que a la vez se revela a sí misma contrariamente, como el hacedor de la realización o el principal obstáculo para la trascendencia. Nos movilizan las necesidades de un alma que carga con la experiencia y las deudas de vidas pasadas y que desea trascender en evolución sin antes arreglar sus cuentas kármicas.
Si nuestro ser no reconoce dichas necesidades y las movilizamos hacia la distracción que nos propone el mundo de la materialidad y la dualidad, nos veremos enfrentados con nuestra propia insatisfacción sin haber reconocido el pedido de evolución que surge de nuestra propia esencia del ser.
Una energía inteligente que marca los ciclos de la evolución como si fuera el final de un ciclo de aprendizaje educativo está activando al complejo bio-mecanismo que posibilita manifestarse a nuestra propia alma y que pulsa en sincronicidad con los campos que mantienen la vida. Somos un mecanismo de 6,3 billones de células que vibran a una velocidad establecida que, a su vez, determina las realidades que mantenemos a lo largo de nuestra vida.
El satisfacer estas enormes necesidades del alma para cumplir sus objetivos nos ha llevado a enfrascarnos en una lucha entre evolución verdadera e involución en ilusión. La humanidad ha sido obligada a ser el plantel actoral de una obra ilusoria controlada por un poder que ha consumido los pensamientos y el tiempo de dirigentes, sabios y otros que se han interesado en despertar al hombre a sus necesidades álmicas, aunque pocos de verdad dedicaron el tiempo suficiente o tienen el deseo de contemplar y resolver este requerimiento evolutivo de la especie a un nivel profundo. Muchas personas están a menudo demasiado consumidas por la satisfacción del bienestar de supervivencia en el sistema, motivo por el cual dedican toda su energía a alcanzar suficiente alimento para calmar el deseo que la ilusión le requiere en su amnesia del alma.
Muchos comienzan a despertar.
No estamos solos
Todos somos emisores y receptores de frecuencias. Transmitimos y recibimos en niveles específicos de frecuencia. Palabras, emociones, sentimientos y todo lo que hace a la manifestación humana es conformado por frecuencias. Somos un conjunto de frecuencias que, de acuerdo con nuestro nivel de aprendizaje evolutivo, tendremos una especie de “Documento Energético de Identidad” que nos representa frecuencialmente como múltiples instrumentos sonando al unísono para conformar una orquesta. Intuitivamente todos reconocemos esto y estamos diseñados para asociarnos con las personas y los lugares que vibran en una frecuencia semejante a la propia. Son las frecuencias que emitimos y las que atraemos por reciprocidad las que nos marcan nuestros compañeros de ruta evolutiva.
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