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Los adultos jóvenes de hace algunos años son adolescentes tardíos en estos tiempos posmodernos. Guiados por la pluma de un especialista, presentamos una radiografía de quienes demoran la salida al mundo maduro con la rebeldía como condimento principal.
Autor: Dr. José Eduardo Abadi* (Especial para El Planeta Urbano)
*Médico psiquiatra, psicoanalista y escritor.
Si bien la adolescencia desde su reconocimiento como tal no tiene una historia muy prolongada, son muchos, en cambio, los estudios que se han hecho sobre ella. Naturalmente las distintas perspectivas han ido cambiando a lo largo del tiempo y como sucede habitualmente responden en gran parte a las coordenadas sociales y culturales predominantes en el momento de dicha investigación.
Sabemos que durante períodos importantes la evolución del hombre no reconocía ese estado que hoy llamamos “adolescencia”y menos aún la “pubertad”. A la niñez le seguía un período de transición difuso y poco significativo que se englobaba bajo el término juventud para pasar luego a la adultez y finalmente a la vejez. Fue recién a comienzos de este siglo que aquella adquirió peso propio y que se tomó nota de las diferencias cualitativas que le corresponden. No era un niño más grande ni un esbozo de adulto -o sea intermedios indefinidos-, sino que eran personas con una estructura física, psicológica y social creativa, potente y sustancial en la configuración del desarrollo del ser humano. El adolescente se encuentra frente a un espejo que le devuelve la imagen de un cuerpo distinto, donde los cambios biológicos son indudables y las funciones que está en condiciones de realizar inauguran un mundo relacional hasta ese momento inexistente.
Una palabra típica y característica de este tiempo es la palabra “cambio”. Efectivamente se van sucediendo múltiples transformaciones y la excitación sexual infantil inhibida en su realización orgánica cuenta ahora con un desarrollo hormonal que habilita su concreción. Los deseos y las fantasías, más allá de su condición de prohibidas o reprimidas, pueden efectivizar su descarga. Esta situación alegra y angustia; le hace sentirse al individuo más fuerte, pero también más inseguro y asustado. Qué se puede y se debe, así como qué puede y debe. ¿Cómo incluir el placer y la búsqueda amorosa? ¿Qué está permitido y qué es pasible de castigo? De nuevo, como vemos, la excitación, el deseo, la búsqueda de su satisfacción y la norma o la ley ordenadoras. Quiero pero ¿con quién, cuándo, cómo y dónde? La conflictiva edípica, reprimida y controlada en esa etapa de la infancia que se llama latencia, vuelve a surgir ahora pero con más énfasis y en una persona que ha crecido y se ha transformado. Es una época de descubrimientos y conquistas, pero también y a no dudarlo, de ansiedad y desconcierto. El adolescente pide de distintos modos, según los contextos en los que se encuentra, una presencia que acompañe, aconseje, reasegure y enseñe. Pero simultáneamente a esto -o aun en contradicción con esto mismo- en su afán de identidad y diferenciación, el adolescente rechaza muchas de estas ayudas calificándolas de invasivas o limitantes. El conflicto, la oposición, el enfrentamiento están a flor de piel resolviéndose a veces de un modo adecuado y otras, en cambio, en forma sintomática o patológica.
Otra área crucial para el adolescente es su vocación y su trabajo. Si va a estudiar o no; qué trabajo va a elegir en caso de que no estudie; en qué grupo de pertenencia se va a insertar; estamos hablando de elecciones, aspiraciones y esfuerzo. Nuevamente estarán en juego identificaciones familiares, mandatos de distinto tenor y, en las mejores condiciones, la pregunta, la exploración y la decisión que dibuje el camino hacia la propia autonomía e identidad. No debe asombrarnos que éste sea un campo de cuestionamientos, dudas e inseguridades. Lo cual es muy útil (y no solo para el adolescente) que frente a lo nuevo y lo desconocido debe darse permiso para el ensayo y la prueba para poder aprender, ratificar o corregir.
ADOLESCENCIA TARDIA
Vivimos en una época donde muchos valores han cambiado. Los grandes dogmas que servían para dar respuesta a “demasiados” interrogantes han perdido su trono. Lo religioso, o si prefieren la religiosidad -con la noción de pecado, culpa y castigo, como banderas preferidas- se vio obligada a renunciar a su lugar rector. La espiritualidad no ha sido abandonada ni olvidada, pero tiene hoy un color distinto, más individual y subjetivo. No pretende la garantía de un más allá ni una forma esquemática de premios y castigos para ponerse en movimiento. También es cierto que simultáneamente y, sin duda de un modo enfermante, en ciertas áreas vemos expresiones de fundamentalismos y fanatismos cerrados, discriminatorios y violentos.
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