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Autora: Marina Ponce / Ilustración: Iñaki Echeverría
Detesto la Navidad.
Yo no sé qué es, pero no la tolero.
No me animo a decir que me deprime, porque no sé si es eso realmente lo que me genera, y porque parece que está de moda deprimirse por la Navidad (como están de moda los ataques de pánico, la música electrónica y tomar vino tinto entre mujeres).
La Navidad era otra cosa cuando éramos chicos; cuando tampoco entendíamos nada, pero no entender estaba bueno. Cuando éramos chicos la Navidad era Papá Noel, o mejor aún, los regalos que te dejaba. Incluso cuando descubrías que Papá Noel no existía o algo sospechabas… porque eso de que fuera tan puntual te hacía ruido, y ni hablar de que el “delivery” llegara a todo el mundo.
Sé que ahora no entiendo la Navidad. En realidad veo que la gente no entiende de qué se trata, entonces hacen cualquiera. Y cualquiera es juntarse. Apelotonarse. No matter what. Se apelotonan en la calle, en los negocios, en sus casas, en todos lados. Juntarse y consumir. La Navidad hace que consumas. Empezando por salir como esquizofrénicos un día antes (o solo algunas horas) a comprar regalos para toda la familia -la que soportás, la que no tanto, la que ni fu ni fa y la que no querés ver ni en una foto- y cerrando con la cena navideña hipercalórica. Parece que la idea es entrarle a la mesa XXL hasta que no haya botón ni Uvasal que aguante.
Con las entradas las viejas se lucen con el vitel toné, huevos y tomates rellenos, piononos salados y tablas de quesos y fiambres. Y vos ves todo eso ahí, todo junto, y recién son las 9 de la noche y sabés que te quedan por lo menos 3 horas… ¿y qué hacés? Le entrás. Te servís un poco de vitel toné porque es la única ocasión en el año en que encontrás ese plato -tal vez el 31 haya, ¿pero para qué arriesgarte?-. Alguien te pide que le pases la fuente con los tomates rellenos, y de paso te servís… total es tomate, es livianito. Y, mientras, tratás de concentrarte en tu masticar, así no escuchás la sarta de pelotudeces que se dicen en esa mesa. Te servís vino porque sabés que si no la noche te va a quedar atragantada, y qué mejor que tomar vino tinto y picar unos quesitos de la tabla. Recién son las 9.15. Si tenés la suerte de no haber decidido dejar de fumar, te prendés un cigarrillo como para mantener la boca ocupada con otra cosa que no quede mal en la mesa delante de tanta gente y que no sea, por supuesto, más comida.
LA ULTIMA CENA
¡Si por lo menos cambiaran la estación de radio! Un villancico más y empezás a revolear las piezas del pesebre por el aire.
Y te queda el pionono, qué le vas a hacer. Antes de que se lleven la bandeja, antes de que la boca te quede libre como para dar alguna opinión que no va a ser bien recibida, antes de que te enganchen para “dar una manito” en la cocina, te servís un par de rodajas de pionono preguntándote por qué no hacen esto en febrero en una comida cualquiera. Lo mismo con el vitel toné. ¿Por qué hay que esperar al 24 de diciembre? ¿Por qué nadie hace vitel toné a fines de septiembre o mediados de octubre? ¡¿Por qué nadie apaga esa radio?!
SI QUERES SABER MAS SOBRE LA NAVIDAD LEE EL PLANETA URBANO DE DICIEMBRE
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