Aguafuerte política

 

 

Autor: Marcos Aguinis (Especial para El Planeta Urbano)

El griego clásico nos ha impuesto la etimología de casi todas las palabras que usamos en el lenguaje de la política. De allí provienen anarquía, democracia, caquistocracia (el gobierno de los peores), oligarquía, poliarquía, sinarquía y muchas más. También la palabra +diarquía+, que parece haber sido la forma gubernamental recién elegida en nuestro país. Gobiernan dos -que tal vez lo venían haciendo desde hace cuatro años, pero de una forma menos evidente-.
El nuestro es “un país de novela”, tal como lo definí en el título de uno de mis libros, y estamos condenados al suspenso. En un libro el suspenso genera escozor de placer, pero en la vida real es un retortijón sin calmantes. Por lo tanto, no sabemos si la diarquía votada será beneficiosa, si durará mucho tiempo, si potenciará la institución presidencial o le quitará protagonismo, con lo cual vendrán fracturas explosivas. Lo cierto es que empezamos una etapa inédita que supera a las ventiscas diárquicas de Perón y Eva, Duhalde y Chiche o la recién terminada gestión oficial de Néstor Kirchner. Por primera vez, sobre nuestro escudo asoma el palimpsesto de un águila bicéfala.
La Presidenta empieza con una situación mejor, en promedio, que la de su marido en 2003. Cuenta con la recuperación económica, impulsos planetarios favorables, disminución del desempleo y dominio total del Congreso. Pero, contradiciendo el hábito de darle un período de gracia, la sociedad ha comenzado a vapulearla desde el comienzo. La puja sectorial, movimientos piqueteros, las internas de palacio y el estallido de la corrupción ni siquiera le permitieron ponerse la máscara de oxígeno. Esto revela algo importante: pese a que Cristina no es idéntica a Néstor y en la campaña se batía el parche de un “cambio que recién comienza”, parece que su asunción a jefa de Estado fue tomada como una simple reelección. En consecuencia, no le han concedido ese importante período de gracia, que merece como todo nuevo titular del Poder Ejecutivo.

En su discurso ante la Asamblea Legislativa demostró su talento de oradora, pero también su incontrolable carácter de maestra autoritaria que siempre reta a quienes considera sus alumnos. Sonríe cuando no habla, pero cuando habla, ¡Dios!, no puede resistir el estilo de la amonestación. El espíritu confrontativo que le brindó buen resultado a Néstor (vigorizó la investidura presidencial, metió miedo a la disidencia, sometió gobernadores e intendentes, se apoderó de la

Caja como nunca antes, domesticó el Congreso), no va a ser abandonado por Cristina muy rápido. La prueba es el mal trato que aplicó al presidente de Uruguay, que pudo haber abandonado el palacio legislativo y desencadenar un papelón histórico. Si este estilo de confrontación se expandirá a sectores que Néstor jamás se atrevió a mojarles la oreja, como los gremialistas, piqueteros y sectores de la izquierda violenta, es algo que por ahora no se sabe. En caso de hacerlo y tener éxito, la Presidenta aumentaría su prestigio. Es, sin embargo, un vuelco que tiene riesgos. No creo que se atreva enseguida. Pero si no lo hace enseguida perderá la oportunidad, que es al comienzo o nunca.
Se vislumbra un esfuerzo por mejorar nuestras relaciones internacionales, pese a su desafortunado ataque al presidente uruguayo. Ojalá pueda conseguirlo. También se equivocó al pedir sentimientos humanitarios al presidente Uribe en lugar de denunciar con firmeza a los impiadosos guerrilleros narcotraficantes de las FARC. Para su asunción acudió únicamente el vecindario y pocas excepciones más, como el primer ministro de Francia. Asombra que no haya tenido una sola palabra de gratitud hacia el rey de España, que se desgastó en nuestro conflicto con la papelera Botnia.

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