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Por: Valeria Maltagliatti / Fotografías: Hernán Brun
Si en el siglo XI la cerveza tenía la función de aportarle calorías a los guerreros que salían hacia las cruzadas, en el XXI tiene un rol más social porque insta a la conversación y genera climas festivos. Un verdadero rito urbano celebrado en los mejores brew pubs de Buenos Aires.
Como el Buller Pub & Brewery que logró reunir, como el canto de las sirenas, a gran parte de esta tribu cervecera: novatos veinteañeros, octogenarios o ejecutivos de paladar refinado, en un ambiente que combina “buena música, atención superlativa y cerveza de primerísima calidad”, aseguran sus seguidores. Ubicado en el corazón de la Recoleta , Buller se instaló en la conciencia porteña como “ el ” lugar donde puede tomarse la mejor cerveza artesanal de la ciudad, hecha por el maestro cervecero Marcelo Cerdán.
Sin lugar a dudas es el sitio en donde se concentra la mayor cantidad de fanáticos. Randy, un ejecutivo norteamericano de 46 años que conoce los mejores brew pubs del mundo, tres veces por semana se sienta a tomar una pinta -así se le dice a la medida de cerveza- de Oktoberfest, una delicia del lugar con un fuerte sabor a malta y bajo amargor. “Siempre me gustó mucho la cerveza, viví dos años en Munich y cuando vine a trabajar a la Argentina encontré en Buller ese sabor tan particular de la malta alemana”, dice Randy. En la otra punta y sobre una barra que parece interminable está Guillermo, que se hizo construir su propio bar cervecero en su casa, perfectamente equipado, para poder degustar la mejor cerveza artesanal cuando no puede salir por razones de fuerza mayor. “Soy un fanático, con todas las letras, de la cerveza; de las buenas bebidas, sabrosas y profundas. Prefiero la barra porque converso con todos y conozco gente nueva. Tanto me fanaticé con este sitio y su cerveza, que el año pasado decidí festejar mi cumpleaños con todos los clientes acá, en Buller, y me llevé de recuerdo un gran cuadro del lugar, firmado por la familia cervecera, que tengo colgado en el mejor lugar de la casa: el bar”.
Lito Abbruzzi y Carlos Merino son dos de los dueños de Buller que, después de casi siete años de ganarse un espacio en el paladar de sus clientes abrieron una sucursal en el microcentro porteño para satisfacer la demanda de quienes no pueden trasladarse a diario hasta la Recoleta. “Nuestra idea de base fue producir cerveza artesanal, a pesar de lo bastardeada que está la palabra, con la mejor materia prima del mundo. Durante la crisis de 2001 decidimos bajar nuestra ganancia pero no la calidad del producto que ponemos en la mesa ni la calidad de atención al cliente. Creo que eso es parte de nuestro éxito”, dice Lito. Mientras, Carlos Merino recuerda a uno de los primeros grupos de jóvenes que se hizo habitué del lugar: “Yo estaba parado en la puerta del negocio, y cuando pasan estos chicos me preguntan dónde hay un bar para tomar cerveza -y me nombran una marca industrial-. Le clavé la mirada y le dije: ¿Vos sabés dónde estás parado?, bueno, nosotros fabricamos la mejor cerveza artesanal, sin conservantes, sin aditivos, materia prima de primera calidad. Si nunca probaste algo así, te invito a que pases y pruebes; si no te gusta, no te cobro un centavo, y si te gusta más que la industrial, te cobro solo la mitad. Obviamente entraron todos. Eran como diez y hoy son clientes”. Tal vez este sea el rasgo distintivo de Buller: la capacidad de concentrar un público verdaderamente heterogéneo con un mismo denominador común: el gusto por la buena cerveza.
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