Antídoto contra la realidad

 

 

Por: Clara Cook / Fotógrafo: Nicolás Faig

A través de su trazo, De la Rúa es “Ese-Lentísimo señor Prescindente”; Menem, “Quebracho y Algo-robo”; Néstor Kirchner se transformó en el conocido Pingüino con moKasines; y la nueva presidenta Cristina Fernández de Kirchner (o “PRE-SI-DEN-TAAA”, como prefiere que la llamen) canta la marcha peronista desvirtuada al son de “Vuitton, Vuitton / qué grande sos… / Trajes de strass / cuánto valés…”.
Y la lista podría continuar hasta tener retratados a la mayoría de los políticos que desde hace más de 20 años rondan por la escena nacional. Decimos más de 20 años porque ése es el tiempo en el que Cristian Dzwonik, más conocido como Nik, viene plasmando en diversos medios gráficos sus dibujos, que son una ventana de humor que le saca una radiografía a la vida política y cotidiana de los argentinos.
El creador de Gaturro, uno de los personajes de historietas más queridos de los últimos tiempos, habla sobre política, humor, pingüinos y alter egos.

¿Podés hacer una lectura de la realidad separada de la que ineludiblemente hacés para tu trabajo de humorista gráfico?
En general me pongo siempre en el lugar del lector; trato de ser una antena receptora de todo lo que se va diciendo, de todo lo que se va haciendo. Y el chiste es una síntesis de lo que vos ves, de cosas que no pueden decirse directamente, que todo el mundo piensa pero quizá los grandes títulos de los diarios no dicen. Y además tiene que ser gracioso, obviamente.

¿No te hace ruido que tenga que ser el chiste el lugar de mayor crítica de un diario?
No, porque si vos revisás la historia de los últimos 100 años de la Argentina, siempre hubo una revista, una publicación que, con sátira o ironía, representaba lo más crítico del momento: Caras y caretas, El Mosquito, Landrú, Tía Vicenta, la revista Humor. El humor tiene esta característica de que podés decir las cosas sin que parezcan tan fuertes: “¡Es un chiste! ¡Es de onda!”. Y con la tradición enorme que tenemos, la gente ya lo acepta naturalmente. Entonces los gobiernos lo tienen que aceptar porque es algo que sucede hace muchísimas décadas, acá y en el mundo. Igualmente creo que todos aceptan que es un convencionalismo, que lo que estás viendo ahí es un recuadro de humor, es ficción, aunque muchos digan lo contrario. El chiste es una opinión más. Es como la columna de un columnista, de un Morales Solá. Yo lo veo así. Pero como es gráfico, tiene humor, elementos y un montón de detalles, obviamente llama más la atención que una columna.

¿Recibiste amenazas de los gobiernos o un llamado de atención para dejar de hacer cierta broma?
Sí, en general sí. En el gobierno de Menem tuve un episodio medio extraño. Me subieron a un auto y me dijeron algunas cosas, pero eso fue hace más de 10 años. Y después en el de De la Rúa llamaban mucho por teléfono para que no sacara esto o lo otro, para reunirse. Hasta me llegaron a decir que quería verme Antoñito con Shakira… ¡pensando que a mí me interesaba conocer a Shakira! Cosas así que hacen que uno piense que estos tipos están demasiado preocupados por un chiste. Pero bueno, el político es cholulo por naturaleza. Cuando la economía va bien le gusta aparecer de cualquier forma, con chistes de Skanska, con el baño de la Micheli; y cuando la cosa va mal se desesperan y le echan la culpa al humorista porque le tienen que echar la culpa a alguien. Y ahí empiezan a hablar del “Síndrome de Illia”, que Illia cayó porque los humoristas lo cargaban con una tortuga… Entonces, ¿cómo es? Cuándo les va mal sacan el síndrome de Illia y cuando les va bien te llaman y te piden el dibujo dedicado. Pero el dibujo siempre es crítico; no se puede hacer humor a favor de alguien.

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