|
Autora: Tatiana Goransky / Ilustración: gEme
Son las siete de la tarde del 24 de diciembre y, aunque lo único que querés es descansar para poder disfrutar del festejo, te das cuenta de que te olvidaste de comprarle un regalo a la cuñada de la prima de tu tía que este año está invitada a pasar la Navidad con ustedes. No tenés idea de lo que le gusta. Pensás en un ramillete de incienso, o en un gel para la ducha, también podría ser una crema con olor a durazno... hasta que finalmente entrás al shopping (que por suerte está abierto las veinticuatro horas) y te encontrás con seiscientas personas que también se olvidaron de la cuñada de la prima de su tía; y todas, absolutamente todas, se decidieron por el ramillete de incienso...
Tal parece que la mayoría de los seres humanos tenemos un mecanismo oculto que se activa alrededor del 20 de noviembre. Por esos días sentimos una urgencia que no experimentábamos desde el año anterior, los brazos se nos vuelven indagadores, los ojos se posan en vidrieras que antes ignorábamos sistemáticamente y empezamos a sufrir un estado de ansiedad que va in crescendo, generándonos la sensación de que estamos a punto de estallar en mil pedazos. Entonces empezamos a escuchar villancicos, armamos el vestuario para el gran día combinando rojo con verde, sentimos nostalgia de la nieve que nunca tuvimos, compramos pirotecnia -que misteriosamente aparece semanas antes saturando la ciudad de “puestitos”-, nos matamos buscando la bombacha rosa perfecta y lustramos los zapatitos para que estén listos para la noche del 5 de enero. Exhaustos y preocupados por esa mezcla de ansiedad y cansancio, llamamos al médico familiar que nos hace una visita y nos confirma que tenemos el peligrosísimo “síndrome de las fiestas”.
EL QUE COMPRA Y NO CONVIDA TIENE UN SAPO EN LA BARRIGA
Enfrentados con un cuestionario sobre las características de los diversos “consumidores festivos”, los locos por la Navidad confiesan su odio por el Año Nuevo, los fans del 31 hablan abiertamente de su repulsión por Melchor, Gaspar y Baltazar, y los lustradores de zapatos se confiesan devotos admiradores de los Reyes Magos. Eso sí, todos admiten que en esos días compran como posesos acatando órdenes del más allá, y que una semana más tarde no tienen ni la menor idea de lo que regalaron.
Fin de año inyecta millones de pesos a la industria del regalo. La urgencia por comprar se vuelve tan grande que la persona deviene consumidor full time, y la ansiedad se canaliza en obsequios poco prácticos que se terminan guardando en la baulera o en la sección de invierno del ropero. Es por estas épocas que varios shoppings cambian sus horarios y realizan guardias de casi veinticuatro horas, donde todos marchan en fila india tratando de robarle la compra al de adelante o tan desesperados por no conocer el gusto del beneficiario del regalo que terminan comprando como en un “todo por dos pesos” (hipnotizados por la dulce voz de mujer que repite una y otra vez “señor cliente, durante los próximos cinco minutos habrá un descuento del treinta por ciento en el local). Esta estrategia de venta, denominada “noche shopping”, se implementa en varios lugares y cuenta además con música en vivo, degustación de vinos y todo lo necesario para que el que todavía conservaba una pizca de lucidez y pretendía volver a su casa y darle un descanso a su tarjeta de crédito, quede atrapado irremediablemente, igual que un bebedor de cerveza después de probar el primer maní.
Por otra parte, en los últimos años también se popularizó el “paseo de compras” en grandes avenidas, como por ejemplo Santa Fe. Lugar donde los claustrofóbicos pueden hacer sus trámites de último momento caminando al aire libre, sin colas ni audio amplificado de cientos de niños. Pero eso sí, los principales agasajados no son los familiares, sino los dueños de los negocios que, fusta en mano, logran que sus empleados pierdan todo el espíritu festivo envolviendo regalos hasta formarles callos.
ENCONTRA LA NOTA COMPLETA EN EL PLANETA URBANO DE DICIEMBRE
|
|