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Autor: Ezequiel Siddig / Fotografías: Gentileza Gobierno de la ciudad de Buenos Aires
Fin de la Segunda Guerra Mundial. Incrédulo, Wladyslaw Szpilman, el pianista polaco que sobrevivió al gueto de Varsovia, tantea con sus ojos de hambre el escenario arrasado. No queda nada en pie. No queda la vida, pero tampoco las paredes… Principio de la última guerra en Irak. El asesor cultural de George W. Bush, Martin Sullivan, renuncia luego de que las tropas norteamericanas destruyeran “sin sentido” el Museo Arqueológico de Bagdad, morada de la Mesopotamia Antigua.
A mitad de camino, en 1972, diez años después de que el mundo estuviera en la cornisa de la destrucción nuclear por la “Crisis de los Misiles”, los países integrantes de la Unesco firmaron en la sede de París la “Convención sobre el Patrimonio Mundial Natural y Cultural”. Fue un interludio pacifista en que los líderes políticos de la Guerra Fría se acordaron del mundo.
En ese sentido, la Convención de París pidió a los países que identificaran y sugirieran en una lista tentativa los bienes naturales y culturales que portasen un valor universal excepcional. “Evidentemente -reflexiona la arquitecta Nani Arias Incollá, subsecretaria de Patrimonio Cultural del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires- había un recurso patrimonial muy rico en todos los continentes que se estaban deteriorando o demoliendo por una falta de concientización, de una legislación pertinente y de profesionales preparados para poder enfrentar esta intervención en el patrimonio. Para América latina, la Convención se ubicó en un vacío de nuestras propias legislaciones y de cuadros técnicos y recursos humanos preparados.”
En 1978, la ciudad de Quito inauguró la Convención en el continente. Le siguieron el casco histórico de la ciudad brasileña de Ouro Preto (1980), y la Habana Vieja, en Cuba (1982).
El documento de 1972 nunca sufrió modificaciones, pero sí su “Guía Operativa”, que a modo de reglamento de aplicación fue corregida doce veces desde que fue creada, a fines de los ´70. En la Reunión del Comité de Patrimonio Mundial de 1992, la Unesco incorporó como criterio el “paisaje cultural”.
El último verano, con un ramo de marrones rosas rioplatenses, Buenos Aires se presentó como candidata. En junio de 2008, durante el próximo plenario del Comité de Patrimonio Mundial de la Unesco, sabremos si la “porteñidad” se sumará o no a los 851 bienes naturales y culturales que ahora tiene la Lista guardada en París.
“BUENOS AIRES PAISAJE CULTURAL”, UNA CANDIDATURA EN VILO
La Unesco determina que un sitio es un paisaje cultural cuando “representa la obra conjunta del hombre y la naturaleza en constante evolución; y donde se dan relaciones humanas con el medio ambiente y el entorno natural”. Desde la enmienda del ´92, la organización internacional ha reconocido cerca de 50 sitios en esa categoría, por intermedio de la evaluación obligatoria de los dos órganos consultivos que reconoce la Convención, el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS) y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Absolutamente todos corresponden a un medio rural y están relacionados con una actividad productiva como recurso histórico de supervivencia de los pueblos originarios. Los cafetales americanos, los viñedos del sur de Francia o de Portugal y las terrazas arroceras de Filipinas son ejemplos paradigmáticos de ese crédito.
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