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Autora: Valeria Maltagliatti/ Fotos: Nicolás Faig
La casa de un coleccionista es como el Templo de la Memoria: lugares casi siempre oscuros en los que el polvo y los objetos mantienen una relación parasitaria, piezas que sobreviven años apiladas, arrumbadas y encerradas en el fondo de un estante, olores típicos que remiten inmediatamente al pasado, pero que en algún lugar conservan una huella oculta e inalterable, casi como una clave secreta, que da fe de su antigua prosperidad. Y el coleccionista, entrenado en el arte de reconocer rastros y aromas, husmea y rescata esos objetos despreciados por el mundo para resignificarlos en su propio mundo interior y devolverles el esplendor que alguna vez supieron ostentar.
Como Carlos Achával, que de chico tenía la colección de autitos más grande del barrio; y de adulto, la colección más grande de colectivos del país. En Avellaneda todavía atesora espejos, boleteras, volantes, trompas de colectivos y guardabarros; y más al sur todavía, en el Club de Automóviles Clásicos de Monte Grande, guarda su tesoro más preciado: la colección de colectivos. “Nunca imaginé que iba a terminar teniendo cincuenta colectivos. Empecé como esas viejas que agarran gatos en la calle, que no les importa si tienen pedigrí o no”. Así llegó a su primer colectivo, un Chevrolet 40 carrocería El Cóndor, hasta que consiguió uno de cada década. Detallista al extremo, repite una y otra vez las fechas y los recorridos de cada línea, y relata con la certeza de un erudito los acontecimientos sociales que rodearon cada coche y el porqué de la forma, del tamaño y del tipo de boletera de cada uno. Tiene una memoria tan vasta y apabullante que puede enumerar -en menos de 45 segundos- quince líneas de colectivos y sus respectivos recorridos. “Mis reglas mnemotécnicas salen de los colectivos, si vos me decís que mañana tengo que ir a la calle Alsina 7047, enseguida pienso: la línea 70 va de Barracas a Retiro y la 47 de Barrio Samore a Chacarita, no se cruzan, con eso me basta para memorizar la dirección”. En el fondo del galpón dos de sus mejores piezas, un colectivo Chevallier del año ´46 que le alquiló al director de cine Adolfo Aristarain para filmar Roma; y, al otro lado, una pieza única en el país: un colectivo patagónico Morris del ´35, modelo Oxford Six Twenty, una reliquia del transporte. “Yo soy como un chico que nunca se desprende de sus chiches, en definitiva, la diferencia entre un chico y un hombre está en el tamaño de los juguetes”. Todavía, a los 62 años, Carlos juega con su hijo, de tres, a distinguir colectivos desde lejos o a reconocer el sonido de un motor Perkins mientras espera “conseguir la figurita más difícil”: un colectivo Isotta Fraschini del año ´48. Será cuestión de seguir buscando.
El Deporte es Salud
“La Cueva”. Así se llama el búnker que tiene Walter González en Don Torcuato para guardar sus mejores piezas: “Junté tantas cosas que cuando me quise dar cuenta me tuve que ir yo”.
Aunque se defina como un coleccionista de artículos deportivos tiene de todo: desde botellas de ginebra del 1800 hasta un Flipper que regala orgasmos.
“Colecciono todo lo relacionado con el deporte, como esta pelota de fútbol de cuero que la Fundación Eva Perón les regalaba a los descamisaditos, ¿ves?, acá está el sello”. Walter tiene una necesidad imperiosa de validar todo lo que dice con papeles, pruebas escritas o documentos fotográficos que certifiquen sus afirmaciones. Y cuando no tiene pruebas a la vista, astutamente enfatiza el “dicen”. “Estos botines fueron del arquero Angel Bosio en el año ´30, fijate, acá en la suela tienen grabado a mano CRP, Club River Plate”, mientras busca una foto de época que pruebe lo que afirma.
Walter no se queda quieto, se mueve como un chico excitado ante la llegada de visitas: “Pedime el botín que quieras, de rugby o de fútbol, tengo de todos los tiempos y tamaños, desde el año ´30 con suela, hasta Sacachispas, zapatillas Flecha de los ´70 o botines Oselote en caja y sin uso”. En la habitación casi no hay lugar para moverse: en todos lados hay algo, en los armarios o sobre los estantes, de las paredes cuelgan bolsos de todo tipo tiempo y época, camisetas de fútbol, manga larga o corta del ´70 al ´90.
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