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Por Eva Grinstein* (Especial para El Planeta Urbano)
* La autora es crítica y curadora de arte. Actualmente coordina el área de Artes Visuales del Centro Cultural Rojas, codirige el premio arteBA-Petrobras 2006 y es corresponsal de las revistas Arte Contexto (España) y Art Nexus (Colombia).
El fenómeno del arte contemporáneo se impone, se promociona y sorprende. A primera vista se podría pensar en una moda pasajera, en una nueva clase de espectáculo para las masas hambrientas de ocio cultural, o quizás en un simple ataque de esnobismo generalizado. Pero no. Hay razones largamente añoradas que empiezan a salir a la luz, laboriosas estrategias tejidas con paciencia desde muy adentro de “el circuito”. El furor no sale de la nada. Artistas, galeristas, críticos, curadores, coleccionistas y otros operadores culturales allegados a las artes visuales vienen tratando de generar ese eslabón que le faltaba a la cadena: un público consumidor que desborde los módicos límites de la minoría de siempre.
El sistema parece por lo menos perverso, y en realidad no habría otra forma de considerarlo dado que es un desprendimiento de la economía occidental de mercado, llamémosle capitalista. El primer gran dilema consiste en que se trata de ajustar una oferta, la del producto arte contemporáneo, a una demanda que en general no entiende qué es lo que se le está tratando de vender. La desprejuiciada proliferación de medios, materiales y soportes expresivos que viene produciéndose con bastante fuerza desde la segunda mitad del siglo XX, se cruza hoy con la apertura hacia prácticas no necesariamente consideradas artísticas en el sentido tradicional. Entonces, para perplejidad de muchos, una obra de arte contemporáneo puede ser un aburrido video documental de varias horas de duración (totalmente basado en hechos reales, o totalmente falso, da igual); una instalación atípica de objetos que la gente considera cotidianos -por ejemplo tubos de neón- en la obra del rosarino Román Vitali o palanganas como usaba el genial Omar Schiliro; un complicado juego virtual que solo se puede apreciar con conexión a Internet o una serie de pokemones autoadhesivos revestidos con brillantina. Ahí es donde se inserta el ascendente rol de críticos y curadores, hipotéticos aliviadores del grave problema de la inteligibilidad. Los museos y también las galerías -responsables, éstas, de las ventas de arte- recurren cada vez más a la asistencia de los mediadores que aportan textos, conversaciones, ideas de montaje y/o notas en diarios o revistas, con el fin de hacer menos áridas las secretas motivaciones del artista que todavía puede darse el lujo de crear a espaldas de un sistema que le reclama cada vez más claridad y efectividad. Todo suma en la puja por la comunicación que, muchas veces, se convierte lisa y llanamente en marketing.
Privados al poder
Un posible comprador -pensemos en un espectador que, bien tratado y seducido, puede un día convertirse en pequeño o gran coleccionista- necesita espacios óptimos para encontrarse con ese producto para el cual no está preparado. En este sentido la Argentina, y Buenos Aires en particular, cuenta con novedades fundamentales que, desde el sector privado, contribuyeron a mejorar y a hacer más masiva la propuesta del arte. La apertura de Fundación Proa frente al Riachuelo, la creación del MALBA, del Espacio Telefónica y de la futura Ciudad Cultural Kónex son algunos de los hitos de esta orientación al mecenazgo que crece a pesar de que aquí no hay grandes exenciones impositivas derivadas del apoyo a la cultura. Si bien siempre hubo empresarios que apostaron por el arte -el más famoso fue tal vez Di Tella, con su instituto clave durante los años sesenta-, nunca hubo tantos y tan buenos espacios regenteados desde áreas no oficiales. Por supuesto los fines no tienen por qué ser altruistas: el arte otorga un rédito en imagen, el arte limpia y prestigia... Sí, por más loquitos que sean los artistas.
El MALBA es un caso inédito de inversión y triunfo: conjuga la maravilla de ser el museo más atractivo del país a nivel edilicio con la eficacia de haber atraído el voraz turismo internacional. Además la alta sociedad porteña lo elige hasta para almorzar; a la vez que los curadores emplean todo su talento para seleccionar, con excelente criterio, lo que se muestra. De esta manera se ganó el respeto de los artistas locales que sueñan -¿habrá alguna excepción?- con exhibir ahí sus obras.
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