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Por Clara Cook / Fotógrafo: Guillermo Prat
¿Cómo ven hoy a Buenos Aires en lo que se refiere al aspecto arquitectónico?
Alfredo Tapia: Yo creo que es el momento propicio para que se abra un poco el espectro de qué es lo que se construye hoy en día. Actualmente el 99 por ciento de lo que sustenta este boom de la construcción son emprendimientos inmobiliarios que se manejan según criterios comerciales, que en definitiva son negocios. Y el ámbito natural para discutir ideas de arquitectura, para que una sociedad modifique su ciudad y para intercambiar opiniones no es el negocio inmobiliario, sino la obra pública.
Paula de Elía: Creo que no hay una propuesta urbana. Me parece que la ciudad está siendo bastante afectada por todas estas instalaciones aisladas. Esto tiene que ver con nuestra sociedad y con cómo estamos ahora, convertidos en seres más desafectados de lo que pasa alrededor y en el contexto.
Pablo Ferreiro: A mí me gusta tratar de entender la ciudad en términos más amplios: como territorio y como manifestación de una cultura. La última expresión clara de eso se tuvo en los ‘90, cuando se generó un modelo de ciudad como escenario global. Hoy estamos en una revisión en todas las áreas de la cultura y me parece -en términos de arquitectura- que falta que entre en escena el modelo de ciudad. Los 200 años son una oportunidad genial para que suceda. En cualquier operación urbana del mundo, primero el Estado toma dos o tres decisiones simbólicas de una actividad y después el mercado opera ahí dentro. Acá es al revés: primero el mercado y diez años después sale la ley.
¿Existen políticas serias sobre infraestructura y arquitectura en la ciudad?
A.T.: A mí no me gusta considerar que siempre la culpa es de alguien, de la sociedad o de una entidad que está ahí dando vueltas. Creo que primero hay que entender que hoy las ciudades son movimientos que es imposible tratar de manipular en un plan único. La sociedad debería promover un tipo de operaciones, de obras, de modos de debates que salgan un poco del ámbito específico de los emprendimientos inmobiliarios.
¿Pero cómo hace un ciudadano común para realizar este tipo de planteos?
A.T.: A través del Estado. La obra pública concursada es el ámbito fundamental de debate arquitectónico; el tema es que hay en muy poca escala o no hay. Hoy en día es como que todos opinamos sobre algo netamente privado. Y, en definitiva, si yo tengo mi terreno y mi negocio, lo hago como quiero. Es parte de nuestra sociedad occidental, capitalista y basada en la propiedad privada. Si está bien o está mal no es responsabilidad exclusiva de los arquitectos. Podemos aportar, pero no somos los que tenemos injerencia sobre las reglas del juego.
P.F.: Igual ahí hay una discusión, porque hay que generar un corpus colectivo para entender qué es lo que estamos haciendo con nuestro patrimonio. No comparto tanto la idea de que como es privado hago lo que quiero. Porque en el fondo vos pasás por el Grand Bourg todos los días y es patrimonio de la ciudad. Entiendo perfectamente que en el desarrollo los arquitectos hagan lo que quieran con sus obras, pero creo que el ámbito de lo privado, en términos culturales y en términos de ciudad, es difícil de delimitar. Me parece también que hay esta cosa polar de decir: ¿es del Estado o es de los privados? Y ya no existe más esa línea divisoria.
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