Por Enrique Szewach* (Especial para El Planeta Urbano)
* Economista y periodista. Consultor del Banco Interamericano de Desarrollo y del Banco Mundial.
A don León Walras, economista suizo que vivió a principios del siglo XX, nunca se le hubiera ocurrido que su modelo teórico sobre el libre intercambio y su famoso -en la literatura económica- “rematador walrasiano”, serían cosa de todos los días a principios del siglo XXI gracias a la tecnología hoy disponible.
En efecto, desde su cátedra en la Universidad de Lausana, este también novelista y matemático, formalizó el primer contexto de equilibrio de los mercados, donde la clave estaba en que los agentes económicos maximizaban su utilidad, tenían perfecta información y siempre encontraban lo que demandaban. Allí aparecía una especie de rematador que al juntar oferta con demanda iba aproximando el precio, por tanteo, hasta que vendedores y compradores quedaban conformes.
Por décadas, la crítica principal a los modelos de competencia perfecta (que de esto se trata), era que en la práctica no había información perfecta para los demandantes, o implicaba enormes costos para obtenerla. (¿Se imagina recorriendo cientos de locales de venta del producto que usted quiere comprar hasta llegar al de precio más conveniente?). Por lo tanto no había competencia real entre los oferentes y la tan declamada “soberanía del consumidor” no pasaba de una expresión de deseos, ya que los oferentes, menores en número, se aprovechaban de sus pequeños “monopolios”. Por ejemplo, existen muchos almacenes, pero solo uno a dos cuadras de su casa, en donde comprar, a último momento, esas galletitas que se terminaron para el desayuno de mañana.
Pero de pronto llegó la revolución de Internet, banda ancha, programadores, buscadores, deliveries, entre más ejemplos. Y se las arreglaron para convertir en realidad diaria lo que solo abundaba en los libros de economía más “ortodoxos”.
Pues bien, los sitios de remates online no han hecho más que replicar en la práctica los mercados perfectos de los economistas marginalistas del 1900.
Allí la información para los consumidores es casi infinita y a muy bajo costo. Los oferentes pueden -casi sin intermediarios- mostrar sus productos y servicios y encontrar al cliente adecuado, también a muy bajo costo de transacción.
UNA NUEVA ECONOMIA
Lo que parecía una utopía ideológica se ha transformado en una realidad impactante. Curiosamente, muchos de los detractores de la economía de libre mercado y del “liberalismo económico” utilizan todos los días estos sitios de intercambio para comprar y vender, ignorando que, justamente, lo que hacen es aquello que, supuestamente, critican: basarse en la oferta y la demanda para conseguir los mejores precios y los mejores productos.
Es obvio que esta “maravilla” tiene sus costos y está transformando la estructura económica y la forma de hacer negocios aquí y en el resto del mundo. Por empezar, el almacenero que estaba a dos cuadras ya está tan lejos (o tan cerca) como cualquiera que puede entregar el producto o servicio en tiempo, forma y precio razonables. Para seguir, detrás de este esquema de compras y ventas hay todo un mundo nuevo de servicios. Desde el sector meramente tecnológico, hasta la logística de entrega de la mercadería. Desde el servicio financiero de la tarjeta de crédito hasta los sistemas de atención al cliente.
Todo esto requiere de nuevas infraestructuras e inversiones. Este mundo nuevo solo funciona con energía eléctrica y telecomunicaciones rápidas y baratas e, insisto, sistemas de entrega eficientes y confiables. También implica una nueva forma de encarar la regulación estatal y la recolección de impuestos.
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