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Autora: Luciana Rosende / Fotografías: Cortesía La Baguala y Los Cumpas
“Viajando hacia la Quebrada de Humahuaca, el colectivo paró en un pueblo llamado Tumbaya. De todos los mochileros, solo yo me bajé. Empecé a buscar un lugar para acampar y me dijeron que preguntara en la fábrica de empanadas, que tenía un terreno donde podía armar la carpa. Hacia ahí fui. Cuando entré me encontré con toda una familia en plena guitarreada. Me invitaron a sumarme y me llevaron al festival que había esa noche. Cuando llegamos, un grupo salió al escenario a tocar una chacarera. Entonces vi cómo unas 500 parejas se ponían a bailar haciendo los mismos pasos. Ahí flasheé. Era la primera vez en mi vida que iba a una peña”. Para Alejandro, la pasión por estos salones nació en un viaje. Para otros es algo que se hereda. Para todos, es una pasión que no se abandona.
Cuando Alejandro visitó aquella peña, solo se dedicó a observar. Pero, apenas regresó a Buenos Aires, comenzó a tomar clases de folclore. Recién cuando sintió que dominaba las coreografías se animó a ir a una. Su debut fue en una pista de San Isidro. “Ahí bailé por primera vez una chacarera. Dos temas con la misma chica. Ella sabía moverse. A mí me temblaban las piernas”, confiesa. Y solo los asiduos concurrentes a peñas, “los empeñados”, pueden entenderlo.
Pasaron nada más que dos años desde que este pintor y estudiante de filosofía de 35 años fue a la primera peña en aquel pueblito jujeño. Pero en estos dos años tomó clases, le agarró el gustito al mundo del folclore y hasta decidió darles una mano a los que quisieran acercarse. Por eso, todos los sábados, lleva sus discos de zambas y chacareras a la Villa 21, para enseñar lo que aprendió. Chicos y grandes lo siguen, dibujando rombos y círculos sobre el piso de tierra.
CON EL FOLCLORE EN LA VALIJA
En una ciudad tan tanguera como Buenos Aires, al folclore siempre le costó hacerse un lugar. Pero lo consiguió, de la mano de quienes llegaban de las provincias con su música favorita en la valija. Las primeras peñas en suelo porteño datan de los años ‘40, cuando los provincianos -tratando de extrañar un poco menos- se reunían en centros tradicionalistas. El primer auge peñero fue allá por la década del 60, y la peña Achalay (inaugurada por los hermanos Abalos), fue la más famosa entre las pioneras.
El universo peñero crecía, hasta que algo lo detuvo. “Durante la dictadura las peñas prácticamente desaparecieron”, afirma Esteban López, más conocido como el Colorado, fundador de la ya famosa Peña del Colorado, en Palermo. El barrio fue elegido intencionalmente: tenía que estar cerca de La Rural para que se acercaran los que salían de la exposición ganadera. Lo que no estaba planeado era que la peña creciera tanto. Fueron necesarias cuatro mudanzas hasta instalarse donde está hoy, en Güemes y Salguero. Desde que abrió sus puertas, a mediados de los ‘90, comenzó un nuevo auge en Buenos Aires para el universo peñero. Hoy, entre las calles de la ciudad, hay más de un centenar de salones que invitan a bailar.
Cuando la Peña del Colorado comenzó a funcionar, los primeros habitués fueron los jóvenes que habían dejado sus provincias para aterrizar en la universidad. Con el folclore en el alma, se acercaban especialmente estudiantes de veterinaria y agronomía. El Colorado lo explica así: “Las peñas apagan dos grandes incendios en el corazón humano: el desarraigo y la soledad”.
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