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Autor: Brad Hunter / Fotografías: Cortesía de FUNIMA
La Encuesta Permanente de Hogares del Indec (Instituto Nacional de Estadística y Censos) y otras cifras de instituciones oficiales sobre la situación de la infancia en la Argentina, nos informan que más de 1.4 millón de niños transitan su niñez en hogares indigentes, lo que significa que no acceden siquiera a los alimentos necesarios para crecer sanos. Esta triste realidad sucede en un país que, en algún momento, supo ganarse el título de Granero del Mundo.
Además de las aterradoras estadísticas provistas por los censos hay muchísimos chicos más que jamás forman parte de estas encuestas por el simple motivo de que el Estado no llega a ellos. De más está decir que en nuestro país no hay siquiera estimaciones sobre la cantidad de niños indocumentados, que son los más vulnerables cuando se habla de pasar hambre, ser analfabetos, padecer el tráfico de niños o cualquier otro flagelo de que son objeto.
En el norte argentino hay cementerios en donde se pueden encontrar chicos enterrados como “NN” porque se desconoce su identidad y procedencia. La ironía del presente muestra que la lista de desaparecidos y niños en vías de extinción puede aumentar debido a la poca visión sobre la realidad que se tiene respecto de este tema. Ahora, mientras sucede esto, el fecundo país ha aumentado las exportaciones de carne, trigo, maíz y soja; y el Estado gasta millones de pesos en actos partidarios, (perdón, patrios), reivindicando la “unión nacional”.
Vivimos en un país en el que se paga y se brinda transporte para llenar plazas y actos políticos, un país en el que las fuerzas armadas poseen medios para trasladar soldados y armamento; pero no para acercar las “armas” necesarias para luchar contra la desnutrición y la pobreza. Igualmente hay que destacar la beneficencia de muchos “soldados” argentinos que aportan su infinito esfuerzo solidario para que aquellos otros olvidados puedan salir de las listas de especie en extinción. Son argentos que desean la paz verdadera y que entienden que constituir la legítima unión nacional surge de una nación que no se olvida de sus hijos.
Cuando la Obra de Dios la Construye el Hombre
Mientras los investigadores debaten sobre la existencia de extraterrestres, por suerte existen muchos terrestres “extras”, como por ejemplo Raúl Bagatello, un cordobés que supo dejar lo suyo para dedicarse a los demás. Guiado por un llamado espiritual, dando crédito a una serie de hermosos relatos transcurridos en las sierras cordobesas, sus historias de fe alientan a otros a seguir luchando entre montañas de concreto y sociedades automatizadas que luchan por la propia subsistencia olvidando dónde termina nuestro país.
Todo comenzó con un celestial encuentro con la Virgen y Jesús, quienes le otorgaron ni más ni menos que el don de la sanación, pidiéndole a cambio su dedicación al servicio por el prójimo enfermo y necesitado. Su vida cambió a partir de un instante casi irreal, difícil de entender y mucho más de explicar, aun a sus propios seres queridos. Sin dudar un solo instante sobre la misión que le había sido encomendada, Bagatello abandonó todo lo que formó parte de su anterior vida. Dejó su fábrica en manos de los empleados y trasladó a su familia al pueblito de Salsipuedes, ubicado a unos 70 kilómetros de Córdoba capital. A dos años del encuentro con las jerarquías celestes atendía entre 40 y 50 personas por jornada, hasta que un día, mientras se dedicaba a la oración, recibió un nuevo mensaje de la Virgen. Le pidió que se trasladara a las Chacritas, Catamarca, lugar que por ese designio superior habita hasta la actualidad.
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