Identidad Argentina

 

 

Por Dolores Navarro Ocampo* (Especial para El Planeta Urbano)
* La autora es consultora de moda y creadora de Puro Diseño.

Argentina, mundo díscolo si lo hay. De los indios a los conquistadores; de los inmigrantes a las dictaduras; de la crisis a la identidad y de vuelta a la crisis, pero siempre con alma argentina, la misma que solo aflora en esos momentos y luego desaparece como por arte de magia. Dios, ¡qué trabajo!
La moda es parte de la historia argentina. Conforma el vientre y el alma de esa gente que cazaba para comer, que mataba para vanagloriarse, que cruzaba el mundo en busca de la felicidad y que otra vez mataba para regodearse en el morbo moderno. Forma parte también de los que sacaban a relucir la cacerola para que les devuelvan su dinero, para que fuera más fácil gritar entre muchos lo que no se animaban a gritar solos y de paso portar la bandera, porque en algún momento hay que ser argentino.
Así la historia, del más simple chiripá hasta el lujo sucio y grandilocuente de los españoles; de los trajes de lana y de lino europeos en barcos rancios a las pisadas ruidosas de las botas de cuero brillantes; del austero poncho al sobretodo de pelo de camello importado con incalculable allure, hemos llegado sin pena y sin gloria a una época de “moda” argentina. Y parece que algunos quieren saber de qué se trata.

SEGUN PASAN LOS AÑOS
Cerca de la Segunda Guerra Mundial, algunas poquitas mentes creativas con manos hacendosas empezaron a coser y a bordar para ir a jugar como si estuviésemos en París. Bien criteriosas -y lejos de esa parafernalia mediática contemporánea- se inspiraban como podían: en moldes, figurines e ideas propias o prestadas.
La cuestión era simple: los clientes decían que se vestían como en La Ciudad Luz y las modistas lo asumían como tal. La identidad sería para otro momento.
Pero por suerte en aquel mundo desobediente algunas mentes mucho más creativas y audaces -hasta corajudas podría decirse-, se dignaron a asomar y echaron por tierra toda similitud anterior con cualquier resquicio europeo. Allá por los late 50’s y los early 60’s llegó el Di Tella y sus geniales creadores; los happenings repletos de talento y excesos necesarios llenaron páginas, calles y pasarelas. Pero a nadie en su sano juicio se le ocurrió preguntar si eso era moda argentina con identidad. Era nuestra moda y punto.
Desde aquel momento hasta el ruidoso eco de las botas brillantes, más vale que olvidemos todo. Aquella creación que se estiró hasta los ‘70 se murió de a poco, dejando lágrimas imborrables en los aviones que volaban a París, curiosamente, desde donde siempre nos había llegado algún aire inspirador.
Los ’80, en cambio, fueron asomando con algún tímido ruidito fashion. Ya no sabemos si era argentino o europeo, pero sin duda era americano y nada venturoso. Esa cosa de la masividad, de la practicidad, del ama de casa igual a todas, del lave y no planche y trabaje sin parar total todo es sintético, fue duro de roer.
Y en éste, nuestro mismo mundo díscolo, las pasarelas se llenaron de burdas copias -muy burdas por cierto-, excepto honrosas y escasas excepciones que siempre estaban en la gran capital. También fue el tiempo del nacimiento de empresas familiares e industrias de la moda que hacían grandes sacrificios para copiar todo lo que estuviera a su alcance.
Pero entonces tampoco a nadie en su sano juicio se le ocurrió preguntar si eso era moda argentina con identidad. Menos mal, fuimos bastante honestos.

OBJETIVO: SER ORIGINAL
¿Quién no escuchó esa famosa frase que dice que la “Argentina es un país tan creativo y encima se la cree a rajatabla”?
Así entonces todos -sin excepción- nos tiramos de palomita a la pileta de la moda y las nuevas generaciones comenzaron a nadar en las olas de la universidad. Algo nuevo finalmente había llegado. Claro, solo a Buenos Aires. Y fue en aquel momento donde recién se empezaba a hablar de identidad. Lo que no quiere decir que se entendiera.
Que desfiles de estudiantes, que concursos variopintos, que texturas impensadas. ¡Qué cantidad de resurgimientos sin rumbo fijo! Sin embargo, con la experimentación siempre se llega a buen puerto; así es que con la ayuda del gobierno, de algunos privados y de los vivos de siempre llegamos a la importación. ¡Oh sorpresa! Esta sí fue una novedad que terminó de colmar nuestro curioso mundo. Más viajes y menos industria argentina, más telas y menos fábricas, más estampillas y menos manos hacendosas, más copias fieles y menos identidad nacional.

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