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De fondo, la metrópoli. Esa gran ciudad que todo lo percibe, lo observa, y que atesora cada uno de los secretos de aquellos cultores de la vida en la urbe. Sus construcciones rígidas se alzan hasta el vértigo. Su mobiliario urbano lo confirma. Allí donde el andar apurado de la muchedumbre opaca cualquier atributo natural de Buenos Aires es posible cruzarse con el riesgo más increíble.
Hay rincones que, fuera de las horas rutinarias, son añorados. Las escalinatas de una facultad, la arquitectura de una biblioteca antigua o la boca de un subterráneo; el monumento de una plaza o los lugares misteriosos de los parques. Son esos paisajes de que se apropian los noctámbulos cuando la ciudad duerme. En eso andan algunos, tratando de buscarle una vuelta y otro salto a la vida, atrapados en una actividad que los define y los vuelve invulnerables.
El parkour nació en Francia, de la mano de David Belle, y deriva del término “parcour”, que significa “recorrido”. Es una actividad que requiere una combinación de fuerza física y mental, y gran destreza para superar los límites. Porque allí donde se presentan los obstáculos ellos saltan, y dan vueltas, y vuelven a saltar, hasta esquivarlos.
Es un arte que requiere del conocimiento del cuerpo y del entorno y se acompaña de entrenamiento físico para lograr una estética y un control de los movimientos esenciales para que su práctica se transforme en algo más que un simple pasatiempo.
El trayecto es ficticio, seleccionado al azar. No hay misterios en su concepción: se elige un punto de partida y otro de llegada, y a partir de ahí todo queda librado a la suerte del traceur (“traza líneas” o practicante del parkour). Por allí donde cualquier mortal haría un rodeo para esquivar cualquier impedimento que se le cruce en el camino, el traceur lo desafía, y se desafía a sí mismo: si se interpone una pared buscará cómo saltarla, lo mismo que tratará de solucionar cuando una escalinata lo obligue a volar sobre ella, o un auto estacionado provoque una interferencia que, claro, habrá que eliminar con destreza.
El que importó la actividad a nuestro país fue Walter Bongard, que además se encargó de nuclear la gran cantidad de fanáticos dispersos y creó la Asociación Argentina de Parkour (PKA). Hoy, además, acaba de inaugurar el primer centro de práctica especializado del país, y tienen un lema que los distingue: “ser y durar”.
“Ser un traceur significa obtener y presentar tanto una buena preparación física como mental; tanto la aptitud como la actitud llevan a la verdadera formación, siendo éstas las bases fundamentales para alcanzar un perfil prolijo de técnica y conducta, logrando superar sus propios temores con confianza y concentración. Además se encuentra facultado para superar los obstáculos tanto en el recorrido como en la vida real, avanzando sin detenerse y seguir siempre hacia adelante”, detalla la PKA en su sitio web.
ACTIVIDAD PROFESIONAL
Los saltos, vueltas y piruetas rápidamente se hicieron ver. El fanatismo por la práctica del parkour se convirtió, para quienes lo practican, en una forma de vivir y de mostrarse.
Gracias a la difusión y a la creciente cantidad de fanáticos practicantes, la actividad marcha hacia un camino de profesionalización. “En noviembre se llevará a cabo la primera carrera internacional de parkour y free running en el país”, dice Diego Vera, CEO de The One Argentina, la firma que desarrolló la campaña “Corré por todos lados” y de la cual participó el equipo Puma, integrado por quince deportistas seleccionados y entrenados especialmente.
SEGUI CONOCIENDO LOS MISTERIOS DE ESTA TRIBU EN EL PLANETA URABNO DE NOVIMEBRE
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