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Bocinas, gritos, luces… tráfico y más tráfico es el que invade Buenos Aires. Dentro de él, una conductora digna de muchos de los insultos que tantos argentinos emiten día a día. Relato de la desesperación al volante.
Autora: Marina Ponce / Ilustración: Iñaki Echeverría
Todo empezó en un estacionamiento de Ciudad Universitaria, cuando un amigo con segundas intenciones se ofreció a enseñarme a manejar. Después de contarme “los secretos” del acelerador, el freno y el embrague, e inmediatamente antes de pasar a la clase práctica, un clásico: la palanca de cambios. Debo reconocer que era bastante didáctico en sus explicaciones, y tal vez demasiado anal dando detalles innecesarios para un primer acercamiento a la conducción automovilística... femenina. “Primera es para arrancar, sacás lentamente el pie del embrague ‘así’ y, simultáneamente, vas pisando despacio el acelerador que lo que hace es liberar combustible para que el auto se ponga en movimiento; el motor gira a no sé cuántas vueltas por minuto y…”. Y la verdad es que yo quería sentarme al volante y moverlo, como en las películas. Quería agarrar una curva y dejar huellas sobre el pavimento, poner la mano sobre el cabezal de la butaca del acompañante y girar la cabeza para hacer marcha atrás como los taxistas. Poco me importaba el proceso, la mecánica, el cómo y el qué es lo que hace que un auto se mueva o se deje de mover.
Entonces, después de mostrarme la quinta posición de la palanca de cambios, me dice con la emoción con la que se cuenta un secreto: “Y por último, la marcha atrás”.La ansiedad me estaba matando así que lo interrumpí: “Sí, sí, ya sé: así”, dije haciendo un dibujo en el aire. “Así, una erre mayúscula”. Yo creía -realmente lo creía- que con la palanca de cambios como si fuera un lápiz imaginario, debía “dibujar” una erre mayúscula que empezara en segunda y terminara en reversa. Increíble, lo sé.
Creo que no hace falta decir que fueron necesarios dos intentos para que me dieran el registro. Sinceramente después de pegarle a una valla y moverla un metro y medio, yo misma no me lo hubiera dado la primera vez.
DIEZ AÑOS MAS TARDE…
Me levanto con ganas de sacar a pasear la tarjeta de crédito.
No encuentro las llaves del auto. Reviso las 3 carteras que usé a lo largo de la semana, bolsillos, cajones, botiquín, heladera, freezer… nada. “No habré sido tan boluda de…”. Bajo corriendo las escaleras, casi me mato en el último tramo cuando la Havaiana izquierda confunde el borde de un escalón con un tobogán acuático y en una milésima de segundo -que dura como un minuto y medio- aparece una avalancha de pensamientos como voces: “Largá todo, apoyá las manos, ay el palo que te vas a dar, cómo hago para mantener el equilibrio, ¡la cadera!, imposible, lo que me faltaba… ¡Ayyyyyyyyy! Game over.
Me levanto como puedo y salgo a la vereda con el mismo temor que me invade todos los días cuando imagino que el auto no está. Pero me acerco, saco el cartelito de “Compro su auto”, pego la frente al parabrisas y ahí las veo, ahí están colgando las benditas llaves.
Me debato entre llorar, romper el vidrio de un cascotazo, llamar a un cerrajero o a un amigo tatuado que se cope forzando la cerradura. La última opción me parece la más coherente (!) y una vez con las llaves en la mano y cincuenta pesos menos en la billetera me jacto de haber tomado la decisión correcta.
LOS AUTOS LOCOS
Voy por avenida del Libertador, me siento espléndida, radiante, feliz.
Mi fuerte adicción a la TV me hace pensar que soy ficción. Tiendo a creer que soy parte del elenco estable de una +sitcom+, de una película, o parte de un videoclip.
Voy en mi propia versión de Thelma & Louise, sin Thelma porque es mi remake y Thelma siempre me pareció medio pelotuda. ¿O era Louise?
Subo el volumen y canto con exagerada pasión encima del soundtrack original, moviendo la cabeza, achinando los ojos y arruinándolo todo.
LA NOTA COMPLETA LA DISFRUTAS EN EL PLANETA URBANO DE ABRIL
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