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Texto: Luis Pérez-Oramas*
* Historiador de arte y Comisario de Arte Latinoamericano en el MoMA.
En arteBA espero encontrar una excelente Feria de Arte que, a diferencia de otras, no se limitará a exponer los lugares comunes del mercado de arte internacional, sino que ofrece una perspectiva interesante sobre un mercado específico, referido a la Argentina y a sus países cercanos. Pero sería imprudente deducir un diagnóstico sobre la escena del arte desde la perspectiva exclusiva de la Feria, o incluso solo desde el mercado. Parece mentira tener que recordarlo incesantemente: el “mercado” pertenece a la “escena” del arte, pero no es idéntico a ella y, afortunadamente, ésta lo sobrepasa, sin lo cual ¡no habría futuro para el mercado!
Es difícil, o imprudente, ofrecer un diagnóstico general de la situación del arte en nuestro continente. Esta varía: en algunos lugares, como ahora mismo parece ser el caso de Buenos Aires, es excelente; en otros lo es menos. Pero este asunto no debe atribuírsele al arte, lo que sería una ingenuidad y un descamino. La situación artística en un lugar no depende solo de la calidad de la obra que se produce allí; sino, sobre todo, de la calidad de la recepción que se le otorga. Y esta recepción depende de muchas cosas: la calidad de la crítica, la calidad de los estudios de arte o sobre arte, la calidad del coleccionismo, el nivel de la discusión académica, de las publicaciones, del debate público, la calidad de las políticas públicas que tienen que ver con el arte, y del mercado o de la iniciativa privada en esa materia. Cuando las cosas del arte van mal en nuestros países no suele ser por el arte, ni por los artistas, quienes a menudo son unos héroes clamando en el desierto, sino por la deflación de todo lo mencionado.
Es complicado -y riesgoso- entrar en generalizaciones en cuanto al arte latinoamericano, que suelen terminar en falacias. Creo en la especificidad y en el valor de lo local y me interesan las escenas, los artistas que son difíciles de clasificar, que existen en cierto estado de tensión con relación a los modelos canónicos. En cuanto al concepto de arte latinoamericano habría que decir que es un operador funcional de nuestros elementos de juicio. Existe, solo relativamente, en función de aquello a lo que lo oponemos o yuxtaponemos. Es un operador de exterioridad, a veces: es decir “lo otro” de Europa o la Utopía “invertida”. Otras veces es un sucedáneo de lo exótico. Es, pues, una construcción puramente nominal. Lo que no quiere decir que sea inútil. Es solo relativamente real.
Por ejemplo, yo utilizo ese operador nominal -el arte latinoamericano- dentro de la institución donde trabajo, porque mi cargo está signado de esa forma. Son mis actos curatoriales los que le confieren contenido, y ese contenido puede ser totalmente distinto a lo que comúnmente se imagina como arte latinoamericano. En mi caso se trata de un instrumento para abordar, dentro del canon, algo de lo que éste ha olvidado. Pero ello no quiere decir que yo crea en la estabilidad estética o estilística de dicho concepto. Su posibilidad de convertirse en modelo, en canon, en parangón, o el estatuto de obra maestra, no depende solamente de la calidad de las obras sino de la calidad de la recepción que les ofrecemos.
Decía Steinberg: “Sin una atención plena de misericordia, no existirían obras maestras”. Y hablaba de Las Señoritas de Aviñón, de Pablo Picasso.
La política es una variable fundamental de toda forma de arte, en todo momento. La idea de que América latina es un lugar “más” político que otros es absurda, por una parte, además de ser una forma de “colonialismo invertido”. Y allí donde la vida política es más difícil de vivir, lo es para todos, no solo para los artistas: en la Cuba de Fidel o en la España de Franco, en la Venezuela de Chávez o en el Zimbabue de Mugabe.
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