Mi hijo del Alma...

 

 

Con el humor que la caracteriza, la autora de libros como Si soy tan inteligente, ¿por qué me enamoro como una imbécil? y El amor en los tiempos del colesterol, entre otros, relata mediante una desopilante charla de madres amigas, la bendita tortura de tener un adolescente en casa.

Autora: Gabriela Acher* (Especial para El Planeta Urbano)
*Humorista, actriz y escritora.

El otro día recibí un llamado telefónico de mi amiga Sara.
Fuimos vecinas durante varios años y tuvimos una relación bastante estrecha durante todo el tiempo en el que mandábamos a nuestros hijos al mismo colegio primario.
Pero como después se mudaron, y cambiaron a los chicos de colegio, dejamos de vernos durante algunos años. Aunque recién tomé conciencia de cuánto había pasado cuando le pregunté por sus hijos.

-¿Y cómo está Arielito?
-Arielito mide 1,90, calza 46 y tiene bigote.
-¡Ay, qué grande! Y... claro, ya no es un niño, es un adolescente... ¿cuántos tiene? ¿16?
-¡24!
-¡Ah! Ya es un hombre… ¿Y vive solo?
-No, todavía vive en casa…
-¿Con ustedes?
-¡Por supuesto! ¿Y por qué se va a ir? Tiene casa, comida y un cuarto con entrada independiente, donde puede tener relaciones sexuales sin que nosotros siquiera nos enteremos… ¡éste no se va hasta los 40!
-¿Y vos cómo estás con eso?
-¡Me quiero morir! Mirá si nuestros padres nos iban a permitir las cosas que les permitimos a ellos, ¡nos mataban a palos!
-¡Es cierto! Pero Sara, eso se acabó, los chicos de ahora te hacen juicio por maltrato si les sacás la tarjeta de crédito.
-¿Sabés quién tiene la culpa de todo esto? ¡¡Freud!!
-¿Por qué?- me reí.
-¡No te rías!- se enojó-. A mí Freud me cagó la vida, porque antes de saber que existía algo como el inconsciente, una no pensaba tanto en las consecuencias de sus actos como ahora. Mis padres no tuvieron tantos problemas para criarme. Hacían lo que les parecía y listo. Esa era la ley. En cambio yo, nunca me animé a pegarle porque me daba culpa y temía que me odiara. A veces me odiaba sin que le pegara, pero yo nunca lo culpé por odiarme, pero ahora tengo miedo de que me culpe de no haberle pegado a tiempo y me pegue él a mí. Aunque igual no lo culparía por pegarme, porque la culpa sería mía por no haberle pegado cuando todavía no podía odiarme. A veces pienso que la culpa la tienen mis padres que me odiaban si yo no me dejaba pegar. Yo odiaba que me pegaran, pero me daba tanta culpa, que prefería dejarme pegar y odiarme a mí misma… ¿entendés?
-Sara, no es algo que te pase solo a vos. Todas las mujeres de nuestra generación fuimos hijas de la represión y madres del permiso. Y como no quisimos repetir el esquema de nuestros padres, decidimos que lo mejor era permitirles todo lo que nos había estado vedado. Y no sé si hicimos un buen negocio.

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