El pasado presente

 

 

Por Camilo Chermes / Fotografías: Cortesía archivo Di Tella, Edgardo Giménez y Delia Cancela

Ninguno de los dos vislumbró siquiera las consecuencias. Había sido un encuentro concreto, directo, en que Guido Di Tella le ofreció una colección de obras de arte a Jorge Romero Brest, director del Museo Nacional de Bellas Artes. Pero, sin imaginarlo, aquella simple propuesta de hace casi 50 años terminó originando uno de los sucesos más representativos de los que se tenga memoria en el arte argentino.
En efecto, cuatro años después, Romero Brest se convirtió en director del Centro de Artes Visuales (CAV) del Instituto Torcuato Di Tella creado por Guido y su hermano Torcuato en honor a su padre. Entonces todo comenzó. Entre 1963 y 1970, tiempo durante el que existió el Centro, Buenos Aires tuvo arte de vanguardia; quizá como nunca volvió a tenerlo en el futuro. Y, sin dudas, como nunca lo había sido hasta entonces. Un repaso del listado de quienes participaron del Di Tella durante aquel periodo permitirá, cuanto menos, darle proporción a su magnitud: Clorindo Testa, León Ferrari, Rogelio Polesello y Marta Minujín. También Edgardo Giménez, Delia Cancela, Juan Stoppani y Dalila Puzzovio, quienes van a ser homenajeados por su trayectoria en la próxima edición de arteBA.

POLITICA EN EL ARTE
En 1963, cuando empezó el Di Tella, hubo cierta salud democrática. Arturo Umberto Illia, candidato de la Unión Cívica Radical del Pueblo, había ganado en unas elecciones no del todo libres, ya que el peronismo estaba proscrito. De todos modos, viendo los hechos políticos que sucederían, bien pueden celebrarse esos aires democráticos. La asunción de Illia casi coincide en el tiempo con la aparición de la sede del Di Tella de la calle Florida, donde funcionó el CAV y donde se aglutinarían desde especialistas del arte hasta curiosos ocasionales que deseaban ver con sus ojos qué era eso de lo que tanto se hablaba, opinaba y comentaba.

La prensa fue uno de los medios que más habló, opinó y comentó y el CAV convivió con la costumbre de verse cuestionado por los medios. Las exposiciones, los premios y hasta Romero Brest fueron muchas veces blanco de frecuentes críticas que no hacían otra cosa que alimentar el interés del público que se pudo apreciar ya en las primeras exposiciones: “No se trata de gustar, sino de ser” y “Si fuéramos a juzgar la pintura actual a través de esta presentación, sin duda nuestro juicio sería decepcionante”, fueron algunas de las críticas que se publicaron en los medios y que aparecen en el libro Arte visual en el Di Tella.

Hay quienes le otorgan al CAV una importancia casi descomunal dentro de la historia del arte en la Argentina. Otros prefieren la mesura y opinan que, si bien fue importante, no fue trascendental. Las diferencias incluso se dan entre los mismos artistas que lo integraron. Edgardo Giménez es uno de ellos. “Fue la única vez que fuimos vanguardia en el mundo”, dice. “Eramos punta, estábamos para ser observados”. La visión de Delia Cancela, que también formó parte del CAV, es diferente de la de Giménez. “No creo que después del Di Tella no haya habido nada”, opina. “Acá ha servido, sí, como otros movimientos que han dado las pautas para lo que ha pasado después”.

En lo que no difieren es en el recuerdo de lo difícil que se tornó la situación de los artistas debido a la presión de los gobiernos militares. El mandato de Illia se vio interrumpido el 28 de junio de 1966 por un golpe militar. Luego se sucederían los gobiernos de facto, empezando con el de Juan Carlos Onganía. Con el tiempo aumentó la presión, no solo sobre el CAV, sino sobre el ambiente cultural en general. “Nada más que por estar parado en la puerta del Di Tella, me llevaron varias veces para averiguar antecedentes”, recuerda Giménez. Cancela también fue detenida muchas veces: “Sentíamos que estaban empezando a pasar cosas, y que lo nuestro no tenía cabida”.

ENCONTRA LA HISTORIA COMPLTA DEL DI TELLA EN EL PLANETA URBANO DE MAYO