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Autor: Ignacio Magurno / Ilustración: Iñaki Echeverria
Llega el descanso estival y las ciudades costeras se preparan para recibir una marea de visitantes en busca de una parcela de arena donde afincarse. Los autos asaltan las rutas y calles costeras una vez que los festejos del 31 a la noche quedaron sepultados tras filas de botellas y platos arrasados. Van cargados hasta el más recóndito rincón inexpugnable del baúl y -en ocasiones- el techo. Calma, algunos viajan con lo puesto y un pequeño bolso lleno de ilusiones y muy pocas certezas. Son los que se “hacen la costa” y aprovechan sus ansias emprendedoras para lograr una diferencia económica y pasarse los tres meses fuera del cemento aterrador y bien cerca del fervor playero.
La temporada de verano pone en juego todas las fichas (y no justamente en los casinos) necesarias para que el descanso se transforme en el modo de subsistir predilecto de los buscas. Porque siempre puede haber un negocio donde haya una necesidad. Y siempre hay un argentino dispuesto a satisfacerla. Novedades o chantadas, de eso se trata.
Los curros veraniegos son moneda corriente cada temporada que se avecina. Y, año tras año, multiplican sus ofertas. El clásico churrero de las seis de la tarde, el barquillero tramposo o el artesano hippie. Clásicos de todas las épocas que siguen vigentes y que son postales de cada rincón turístico con agua. Pero el ingenio popular logró que a lo largo de cada año fueran más las ofertas -y de lo más insospechadas- para engrosar la billetera sin transpirar demasiado.
Los espectáculos callejeros se apropian de la noche y las peatonales, donde los espectadores interactúan con los animadores al aire libre. La oferta es variada: humor, títeres, música, bailes, estatuas vivientes y cualquier arte típico de la modalidad “a la gorra” se hace presente en cada temporada estival.
Puede sonar ridículo y grotesco, pero el “clava sombrilla” se convirtió en una profesión en sí misma. Codiciados luego de que un comercial los catapultó al éxito, son solicitados a medida que el viento va haciendo de las suyas. Porque hacer mal el agujero en la arena, o no calcular con exactitud la inclinación del palo que sostiene la sombrilla puede ocasionar que ésta vuele, generando algún susto y una corrida despavorida en busca del preciado otorgador de sombra.
Más personalizada resulta la actividad del caricaturista, el que hace trenzas y el de los tatuajes que no duran para siempre. Ellos y sus “puestitos” son los preferidos de los adolescentes, están en cuanta peatonal y rambla exista y convocan filas de curiosos y clientes. Lo propio hacen en plena playa los instructores de surf, de buceo o de snowboard: trabajos exclusivamente explotables en temporada.
La banda de rock barrial gira y gira por los balnearios buscando algo de reconocimiento y sustento. Su objetivo: vender algún disco, una remera con el logo de la banda o noches de excesos y así cumplir el sueño de sentirse estrellas al menos por unos meses. Camino previo y obligado para que el próximo verano aumente su popularidad y sueñen con ser convocados a algún festival del clásico “nombre de la ciudad +rock”.
Uno que se lleva todas las miradas y suspiros de la platea femenina es el aspirante de bañero, que debe cumplir doce horas diarias de trabajo durante ocho días seguidos para que su título deje de ser de aspirante. Su postura es simple: parado inmóvil, con la vista perdida en el horizonte, extraviada, imperturbable. Trabajo que no solo le deja dividendos monetarios, sino también alguna que otra admiradora.
CONOCE LOS REBUSQUES DEL VERANO EN EL PLANETA URBANO DE ENERO/FEBRERO
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