La Hora de los Sembradores

 

 

Por Miguel Grinberg* (Especial para El Planeta Urbano) / Fotógrafo: Claudio Divella.
* Escritor y autor entre otros libros de Ecología vivencial, Introducción a la ecología social, Ecología cotidiana y Ecofalacias. Su última obra es Somos la gente que estábamos esperando. Recibió el premio Global 500 del Programa Ambiental de Naciones Unidas y contribuyó a la creación de la Red Nacional de Acción Ecologista, la Asamblea Ecológica Permanente en la Cámara de Diputados de la Nación y el Pacto Eco-Social de América Latina.

La crisis ambiental planetaria ya no es un tema lateral procesado apenas por especialistas a quienes pocos toman en cuenta, sino que constituye uno de los mayores problemas de estos días en todos los ámbitos de la Tierra. A cuestiones puntuales como la contaminación del aire, el agua y los alimentos en los grandes centros urbanos de este mundo, se han ido añadiendo poco a poco situaciones graves de envergadura planetaria, como la pérdida acelerada de la biodiversidad (especies de vegetales y animales), la deforestación y el envenenamiento de los ríos, el debilitamiento de la capa de ozono que nos protege de nocivos rayos cósmicos, el avance irrefrenable de la erosión de los suelos y la consiguiente expansión de los desiertos, el cambio climático (a partir del calentamiento global causado por emisiones crecientes de gases carbónicos provenientes de la quema incesante del petróleo y sus derivados), el consiguiente deshielo de glaciares considerados “eternos” y el eventual ascenso del nivel del mar, la contaminación creciente de los océanos, tsunamis de magnitud apocalíptica, huracanes y tornados cuya destructividad se acentúa sin cesar, oleadas de calor mortífero, inundaciones o sequías descomunales, la aparición de epidemias sin precedentes (como el sida), y la vertiginosa multiplicación de los seres humanos cada vez más y más concentrados en metrópolis insalubres.

La Organización de Naciones Unidas estima hoy que la población mundial suma 6.500 millones de personas, cantidad que hacia el año 2050 se ampliaría a 9.000 millones, con el consiguiente impacto ambiental avasallador dada la demanda de recursos para vivir y la creciente emisión de efluentes tóxicos desde las ciudades y los centros industriales. La Agencia Internacional de Energía considera que, para provisión de energía, trabajo y transporte, diariamente arden como combustible en este planeta alrededor de 85 millones de barriles de petróleo. Dado el ímpetu industrial de potencias emergentes como China e India, con el 40 por ciento de los habitantes terrestres (en base al modelo capitalista de desarrollo que ya causó los trastornos antes señalados), no hace falta mucha imaginación para prever colapsos de mayor envergadura en un futuro no muy distante.

En 1820 se acumularon sobre la superficie terrestre los primeros 1.000 millones de habitantes. Llegaron a 2.000 millones en 1930, a 3.000 millones en 1960, a 4.000 millones en 1974, a 5.000 millones en 1987, y a 6.000 millones en 1999. La Tierra es una especie de espacionave limitada cuya tripulación está poniendo en peligro los procesos que la mantienen cohesionada y potente. En verdad, no padecemos apenas una crisis “ecológica” sino una crisis de “civilización”. Lo que está en tela de juicio es nuestro modo de ser y estar en este planeta. Cuanto antes esto se traslade al plano socio-político-económico de manera pedagógica, más posibilidades tendremos de superar el estado de descomposición que padecemos en estos momentos.
Como signo revelador de esta época, el pasado mes de junio tomó estado público la creación de una bóveda de seguridad para proteger de la extinción al inventario de cultivos comestibles terrestres. Noruega ha comenzado a construir un bunker de alta seguridad en una isla del círculo ártico, que contendrá millones de semillas de casi todas las variedades conocidas. “Allí acumularemos los fundamentos de toda la agricultura”, dijeron portavoces del gobierno noruego. Esa caja fuerte, que medirá la mitad de una cancha de fútbol, será excavada en la ladera de una montaña y se equipará con vallas mecánicas, detectores de movimientos externos y portones de acero a prueba de aire. Alrededor de cien naciones avalan colectivamente este emprendimiento que será -afirman sus promotores- la construcción más segura del planeta. Y sostienen que esa reserva de diez mil años de agricultura selectiva será un recurso máximo en caso de una catástrofe global: una guerra atómica, el impacto de un asteroide o un holocausto de guerra bacteriológica, para que la humanidad sobreviviente no deba empezarlo todo de cero.

UN POCO DE HISTORIA VERDE
La ciencia ambiental moderna tiene en su haber más de un siglo y medio de estudios y advertencias sobre la necesidad de preservar el entorno terrestre natural en base a una ley inapelable: la interdependencia. La misma sostiene que en el ámbito de la vida todo está interrelacionado. El aire, el agua, el suelo y la luz solar configuran una trama única. Un daño causado en un punto de la trama viviente afecta -tarde o temprano- a otros componentes del circuito. Al principio tal apreciación surgió durante el siglo XIX en la órbita de naturalistas europeos y estadounidenses que contribuyeron a establecer los puntos de partida de una toma de conciencia responsable, antaño en la órbita de minorías esclarecidas y actualmente como preocupación aguda de la humanidad como un todo.

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