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Por Clara Cook / Fotógrafa: Marcel Antelo
George Orwell dijo alguna vez que “quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”. Con la misma frase Felipe Pigna inaugura el primer tomo de su libro Los mitos de la historia argentina, y podría decirse que toma también estas palabras para intentar cumplir con la que él afirma es su misión: “Ayudar a la gente a pensar lo cotidiano desde la historia”.
Lo cierto es que según el historiador rosarino, el discurso de la historia argentina estaba demasiado tranquilo y él apareció para “revolver un poco el agua, pero sin el ánimo de confrontar”. Y sin duda lo logró. La prueba está en que hasta hace un tiempo pocos se hubieran imaginado que un canal abierto, como el 13, podía poner en el aire un programa que hablara únicamente de historia argentina. Felipe Pigna, junto con Mario Pergolini, lo hizo realidad, logrando un resultado inesperado con Algo habrán hecho, cuya segunda parte se encuentra en proceso de producción.
Porque Pigna es un hombre que conoce bien nuestro pasado y también sabe analizar el presente; aquí una charla que nos será útil a todos los argentinos para entender un poco mejor por qué somos como somos.
Como historiador y analista, ¿cuáles son las características que nos definen a los argentinos?
Tenemos algunas específicas que tienen que ver con la particularidad del país en cuanto a su composición étnica. Es decir, un pasado indígena importante y que muchos niegan, pero que está, y reveló un estudio del Conicet: más del cincuenta por ciento de nuestra sangre es de ese origen. Sumado a esto, poseemos un componente inmigratorio muy particular. Pero poniéndolo en términos teatrales, creo que la Argentina es un país melodramático: tiene elementos de comedia y de tragedia todo el tiempo. No hay un punto medio de normalidad. Un ejemplo interesante fue el 2001, donde pasamos de ser los mejores del mundo a ser los peores. Era como la pretensión de que ya que vamos a ser los malos, seamos los peores o a los que nos vaya peor. Y con lo bueno también. De ninguna manera la Argentina puede ser considerada el peor país del mundo; y está muy lejos de serlo por infinidad de motivos. Entonces hay en esto cierta soberbia, de hasta en lo peor ser destacados. Y pienso que tiene que ver con lo que alguna vez dijo Victoria Ocampo, que la Argentina es una sucursal de Europa y tenemos la pretensión de ser europeos en el lugar equivocado. Por otro lado, siempre estamos preocupados sobre qué van a decir de nosotros: qué dijeron en la final de la actuación de Elizondo, qué dijo la prensa mundial. Los noticieros todo el tiempo están reflejando lo que se dijo de la Argentina; en el resto de los países no es así. Los tipos no están tan pendientes.
¿Qué características positivas podés destacar?
Sin duda una es el trabajo. Contrariamente a lo que se suele decir -con poca seriedad-, el argentino es un tipo trabajador cuando tiene las posibilidades. Es alguien que sabe resolver situaciones de crisis como pocos, y el 2001 es un ejemplo evidente. La gente no se conformó con que le dieran un plan trabajar y salió a buscar cartones. La clase media puso kiosquitos, remises y usó el trueque. Hay un nivel de creatividad que tiene que ver con la dignidad. Claramente el pueblo argentino es un pueblo digno, trabajador y luchador al que no se le puede hacer cualquier cosa. Esto también quedó demostrado en 2001 cuando la gente dijo “no” al estado de sitio y “no” al robo de los bancos. No es un pueblo dócil, ni un pueblo al que se lo pueda dominar así nomás, y creo que hace una diferencia interesante en América latina que a nosotros nos cuesta creer por esta cuestión de la autocrítica y el doble discurso. En una reunión de gente latinoamericana en Europa, un chileno nunca va hablar mal de su país ante un extranjero, un uruguayo tampoco, pero un argentino te va a decir las peores barbaridades de su país. Y quizás esto sea como demostración de una falsa humildad que no tiene.
¿Vos creés que el ser argentino mutó a lo largo de los años?
Sin duda. No creo que seamos los mismos. Nuestro nivel de soberbia se vio seriamente afectado en los últimos años: hemos tenido que bajar el copete un poquito. Nos parecemos más a América latina y ya no somos “los distintos”. Lamentablemente no es buena la forma en que se produjo, pero un toque de realidad me parece que está bien. Esto es tan viejo como los planteos de Martínez Estrada, Sarmiento o el mismo Alberdi sobre nuestra falta de horizonte geográfico, que hacía que la gente acá delirara y que prevaleciera la desmesura. Pero principalmente creo que éste es un país complejo al que por suerte uno no podría definir con dos o tres palabras, y me parece fantástico. Esas definiciones suelen ser peligrosas y poco conducentes. Somos complicados en el bueno y en el mal sentido. Y tampoco somos tan distintos del resto de la humanidad. Tenemos de todo.
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