Si todo el mundo fuera argentino

 

 

Por Sebastián Wainraich* (Especial para El Planeta Urbano)
* Conductor de TVR y de Kitsh. Actúa en Cómico Stand Up 3 en el Paseo La Plaza. Es autor del libro Estoy cansado de mí y otros cuentos.
 
¿Y si todo el mundo fuera argentino? ¿Y si el resto de los países fueran ficticios y solamente actores de reparto en una obra en la que Argentina tendría el papel principal y fuera la actriz más hermosa, inteligente y herida de todas? Seamos más ambiciosos: ¿y si no hubiera actores de reparto y todo fuera un gran monólogo en un unipersonal de esta primera figura? ¿Nos gustaría todo un planeta de argentinos? ¿Nos asfixia de solo pensarlo? ¿Seríamos felices sin vecinos, sin fronteras, sin rivales, sin primer mundo que nos ignora o nos imagina provincia brasileña? ¿Seríamos mejores siendo únicos, sin primer mundo que nos explote y nos saque el jugo, la carne y la soja? ¿Cómo hubiera sido? Nuestros abuelos no hubieran llegado en barco desde ningún lugar, por ejemplo. La energía que contiene la paranoia de asegurar que el resto del mundo nos odia, ¿en qué la hubiéramos invertido? ¿A quién le diríamos que tenemos los cuatro climas?
Levanta la mano para servir de ejemplo el viejo y trillado cuento: un argentino se lleva a una isla a la mujer más linda del mundo.
Le hace el amor, es decir, tiene sexo con ella o, perdón, digámoslo al fin y al cabo en argentino: “se la coge bien cogida como solo se la puede coger un argentino porque la tiene más grande que todos”; y la mina se enamora, pero el argentino le pide que se vista de hombre para poder contarle la mina que se acaba de coger. ¿Para qué, entonces, tendríamos orgullos -o lo que consideramos orgullos- si no se lo pudiéramos refregar en la cara a nadie? ¿Adónde iríamos de vacaciones con los primeros dólares ahorrados y con las camisetas de nuestros equipos de fútbol a mostrar que somos argentinos y que gritamos en los aeropuertos ante la mínima posibilidad de estafa porque a nosotros nadie nos va a tocar el culo ni nos va a tomar por boludos? Por Dios, imaginemos lo inverso: el mundo argentino y todos los aeropuertos del planeta con huelgas, retrasos y gritos. No habría Brasil, Miami o Punta del Este para gastar la plata dulce. No habría Europa para escapar, para ser lavacopas o para usar de una vez por todas el título logrado en la U.B.A. y escuchar un tango que nunca escuchamos en Buenos Aires, pero que caminando por La Gran Vía de Madrid nos hace lagrimear por un pasado que nunca volverá. No habría bancos suizos que guarden la plata de nuestros compatriotas platudos.

El humo y el olorcito a asado de un domingo sería planetario. ¡Existirían los telos en todas partes del mundo! Y lo que están pensando: el dulce de leche, el colectivo, la birome, el mate, las huellas digitales, un gran colectivo 60 que dé la vuelta a todo el mundo, Gardel al fin y al cabo argentino y se terminó la discusión. ¿Y Maradona? Cuando decimos Argentina, nos dicen Maradona. ¿Habría que decir Villa Fiorito para acertar esa respuesta? ¿Contra quién jugaríamos los mundiales? ¿La clase media estaría desapareciendo? ¿Habría ricos y pobres? En un mundo argentino habría nuevos ricos, nuevos pobres que jugarían a ser ricos como puedan. ¿Y los bancos? Todos los bancos del planeta manejados por argentinos. Miedo. ¿Y la historia? ¿Quién se encargaría de contar la historia de todo el mundo? ¿Cuántos Felipes Pignas necesitaríamos? Y jamás diríamos “en Estados Unidos, por tal cosa te hacen un juicio y te dejan un buraco así de grande”. ¿Y de qué trabajarían los profesores de inglés? ¿Existirían? ¿Para qué estudiar otro idioma? ¿Cada uno de nosotros, de los 38, 40 millones que somos, estaríamos repetidos en otras latitudes o habría nuevas formas de argentinos? Perdón, ¿sería un mundo argentino y el mundo sería solo Argentina? ¿O nos gusta más la idea de tener las medidas del mundo actual a nuestra disposición? No estaríamos dispersos por todos lados, seguro se pondría de moda un pueblito, una isla, una cuadra; e iríamos todos ahí, a mostrarnos, a amontonarnos.

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