Por Alejandro Rozitchner* (Especial para El Planeta Urbano)
* El autor es un reconocido escritor y pensador argentino.
1. La aparición de sitios de remates en Internet, ¿es una experiencia híper novedosa, de esas que la imaginación no puede concebir pero la realidad nos entrega inesperadamente, un giro comercial revolucionario de alcance impensado hasta hace pocos años; o es, por el contrario, el mismo universo de intercambios de siempre, una feria persa pero global, donde es la racional locura humana la que despliega sus conocidas alas de lucro y brillantez? Como suele suceder con la mayor parte de las dicotomías en las que tendemos a quedar presos, el mejor resultado se obtiene de la afirmación simultánea de las opciones enfrentadas. O sea: sí, es un mercado universal (todos los productos, todos los lugares del mundo, todos los rubros, todos los bienes, todas las culturas) que nadie se hubiera siquiera animado a imaginar hace unos pocos años -de hecho, nadie logró inventarlo en ningún mundo de ficción-, y al mismo tiempo no es más que eso, una feria o mercado, tan mercado como el del Abasto -el de antes y el de ahora-, o el de Tales, un lugar en que los seres humanos intercambian sus riquezas, con la diversidad de productos, estilos, características personales, criterios de valuación y de trato de cualquier mercado.
Podríamos interpretar con tosca sencillez que se trata en el fondo solo de dinero, y que el ser humano hace cualquier cosa con tal de obtenerlo, y quedarnos simplemente en la expresión de esa verdad sonsa y elemental, reduciendo todas las posibilidades, las ofertas y las curiosidades que se hacen visibles en los sitios de remates a ese simple punto: la búsqueda de ganancia. No hay de qué asombrarse -podríamos decir-, hay gente que vendería hasta a su familia (o empezaría por allí, dependiendo del caso), que ofrecería su apéndice extirpado en un frasco con diseño búlgaro para tentar a algún excéntrico dispuesto a divertirse y divertir también a sus amigos por unos dólares que no necesita. También podríamos decir: sí, mucho mercado abierto, pero el sentido de sus organizadores es sacar un rédito de cada operación. No me vengan con sofisticaciones digitales y operativas, lo que quieren es guita.
Esta perspectiva desencantada (reduce un ámbito de diversidad y de posibilidades a una verdad oculta, básica y de escaso valor) es la que siempre observa la existencia de los nuevos movimientos del mercado con una mirada de descalificadora sospecha, como si el intercambio de riqueza por moneda se tratara de una transacción criticable y prescindible y no de un movimiento básico del comportamiento humano conocido y perfectamente legítimo. ¿Acaso deberíamos hacer las cosas sin desear obtener una ganancia por ellas? ¿No es precisamente esa ganancia el objetivo básico, o al menos el nervio que permite demostrar cualquier deseo que uno quiera desplegar? Una mirada más espiritual del fenómeno permitiría entender que es siempre riqueza lo que circula bajo la forma de mercancía (dijo Marx, no yo) y que tanto puede optarse por ver en el intercambio la suciedad culposa de la presencia del vil metal como entender por el contrario que allí tiene lugar la posibilidad de ofrecer y recibir lo que cada uno de nosotros haya llegado a poder ofrecer y recibir al abrirse al mundo humano de la producción y los intercambios.
Viendo, de esta forma, el mercado como una conversación, al modo en que lo plantea el manifiesto Cluetrain, es posible entender que la aparición de eBay -para mencionar el caso central, tanto en el sentido de ser el más relevante de los sitios de remate como por su camino a ser el único y globalmente omnipresente- es un logro cultural de la humanidad, ya que se trata de la primera posibilidad de intercambio de riquezas de semejante extensión, o para decirlo cluetrainamente, de la mayor conversación sostenida por el hombre en la historia a través de sus productos y realizaciones. ¿Son acaso otra cosa que realizaciones, los productos?
Dicho de otra forma, para poder entender deRemate.com, mercadolibre.com o cualquiera de estos nuevos entornos de negocios es necesario primero que seamos capaces de observar al fenómeno de la compra-venta con una mirada lo suficientemente amplia e inocente como para darle plena consistencia. Y de allí entonces podemos dar el paso necesario para captar lo original y lo fascinante del encuentro entre personas (no ya empresas ni empresitas, aunque también participen) que ofrecen sus objetos o productos a otras personas (no negocios ni entidades, aunque también puedan estar) en forma directa e ilimitada.
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