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Autora : Luciana De Luca / Fotógrafo : Nicolás Faig
¿Qué hay detrás de cada tatuaje, de cada perforación, de cada escarificación? Buenos Aires hoy es tan cosmopolita como cualquier otra gran capital del mundo. Ya no resulta extraño cruzarse en la calle con toda clase de gente -chicos, chicas, oficinistas, tías y freaks voluntarios- cubiertos de tatuajes, aros y hasta implantes subcutáneos. Sin embargo existen oportunidades únicas para convivir durante un par de días, exclusivamente, con un muestrario de excentricidades y rarezas. Una de ellas fue la Buenos Aires Expo Tattoo 2005. El hotel Bauen, entintado de pies a cabeza, reunió a los miembros de lo más parecido a una verdadera tribu urbana durante todo un fin de semana. Y estas son algunas postales.
REINA ISOBEL: UNA MUJER FENOMENO
Isobel Varley podría ser la abuela alocada y posmo de cualquiera. Pero no. Hasta el cabello teñido de rubio platinado, los labios empastados de rojo -con el correlato previsible en los dientes- y los ojos claros pintados con sombra azul furioso, todo parece ir bien. Pero, ¡ay!, todo se complica un poco más al verle la nariz perforada con un piercing diamantino, y las orejas brotadas de aros de todos los tamaños. Un vestido vinílico mínimo le aprisiona las tetas. El cuadro impresiona: todo su cuerpo está lleno, inundado de tatuajes. Isobel, tan british que es casi imposible entender su pronunciación cerrada y consonante, es la mujer más tatuada del mundo. Como una cucarda freak, atesora en su living el premio otorgado por Guinness. Ella aclara que el premio es una suerte de “premio-a-la-mujer-más-tatuada-del-mundo-de-la-tercera-edad” (que ahora tiene muchos más tatuajes que cuando la eligieron) y se ríe estrepitosamente, sacudiendo su delantera con escandalosa desfachatez.
Mientras me habla, busca con la mirada a su esposo. Se pierde, se distrae tratando de encontrarlo. Cuando lo encuentra -un tipo alto, desgarbado, tatuado y con aspecto sereno-, se relaja. “¿Qué opina él de tu cuerpo tan peculiar?”, le pregunto. “¡A él le encanta!”, y vuelve a reírse, esta vez con una mirada lasciva. Me dice que el primer tatuaje se lo hizo en 1986, en una convención; que a excepción de un miembro de su familia, todos los demás han aceptado y aprobado su afición al tatuaje (“y al que no le guste, que no me mire. Muchos me ignoran”.); que aún tiene espacio libre en los dedos para ofrecerles a los tatuadores, y que las palmas de las manos son el sitio más doloroso, por la cantidad de tinta que demandan. Cree que es cierto el mito de que las mujeres soportamos más el dolor porque estamos destinadas a tolerar los trabajos de parto. Que los hombres suelen ser más temerosos del sufrimiento físico que las chicas. Más carcajadas.
No quiere revelar su edad, “eso no se le pregunta a una dama”, evade enumerar cuántos tatuajes tiene en su cuerpo, pero reconoce que su favorito es una familia de tigres que tiene tatuada en su estómago. “¿Qué hay de los piercings”?, le pregunto. “50”, responde. Antes de que pueda desviar la mirada tengo, frente a mis ojos, en primer plano, la entrepierna desnuda de Isobel. Sin panties, tatuada y perfectamente depilada, la zona genital de la mujer parece un cuadro, un póster oriental, o un campo de batalla minado de bombas. “¿Cuántos ahí…”, tartamudeo. “Más de 16”, provoca Isobel cerrando las piernas para ocultar su vagina dentada de los flashes del fotógrafo. “¿Y qué hay del sexo, Isobel?”. Me mira fijo, señala a su esposo que aún da vueltas por ahí, y se relame “Much much better, darling”.
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