Todo un palo

 

 

Autora: Flor Codagnone

Existe un puñado de frases que permanecen vigentes a lo largo de la historia sin necesidad de forzarlas demasiado. Dichos populares o, mejor, enumeraciones como “Fútbol, asado y vino”, “Vini, vidi, vici” o “Sexo, drogas y rock and roll” se encargan de mantener un extraño equilibrio en la cultura de masas. Lo curioso es que si a la última tríada le quitamos uno de sus elementos -las drogas, por ejemplo-, si solo quedan el sexo y el rock, la fórmula sigue siendo efectiva.

Es cierto que el rock nutre la sexualidad y también es cierto que, desde las letras, viene encargándose de radiografiar el rol del sexo en las distintas épocas. Desde la alegoría un tanto infantil de Catalina Bahía, de Miguel Cantilo, hasta el explícito “Hacerte muy putita” de Babasónicos, el rock argentino ha sabido reflejar lo que pasó bajo las sábanas en las últimas cuatro décadas.
Con una cultura malherida por la violencia y la pacatería de los militares, la segunda mitad de los años ‘70 no fue propicia para hablar de nada; tampoco, claro está, de sexo. A aquellos músicos a los que no se invitó cortésmente -luego de algunas detenciones y torturas-, a irse del país, se los condenó al silencio de las famosas “listas negras”. Era el mismo exilio.

Discos enteros quedaron varados en las discográficas porque contenían canciones que los militares no consideraban adecuadas a la moral recta y cristiana de su pueblo. Por lo tanto, el rockero de esos tiempos debió ingeniárselas para expresar lo que quería. Así aparecieron, en las letras, metáforas con simpáticos animalitos, princesas, magos, frutas (sí, frutas) y hasta accidentes geográficos.
Si a principios de la década CBS había censurado Catalina Bahía acusándola de “pornográfica”, no fue casual que, unos años más tarde, las “uvas viejas de un amor” de las que hablaba Pescado Rabioso en Credulidad y el Durazno sangrando que aparecía en un afiche promocional de Invisible corrieran la misma suerte. Para los militares estaba clarísimo que esas frutas remitían, respectiva e inexorablemente, a los testículos y a la vagina.
Casi todo lo que queda de esa época en la memoria colectiva es anterior al llamado “Proceso”. Quedaron los gemidos de Mariel y el capitán, quedó ese tajo que calentaba a Spinetta (y a los escuchas), quedaron el romántico “y prepararás la cama para dos”, el salvaje “hagámoslo de parado” y el travesti que Gustavo Santaolalla imaginó en A través de ti. Sin embargo, “la compactadora”-como llamaban los músicos a la censura- se llevó bien lejos a algunos músicos y a sus discos, trocó unos versos por otros y le cortó el pelo y la barba a toda una generación (le tocó la virilidad).

EL DESTAPE
El cambio de Videla por Viola, el regreso de Almendra y un par de recitales masivos auspiciaron un buen comienzo para los ‘80. Con la vuelta de la democracia, el rock argentino se volvió más lúdico y... ambiguo. Mientras el culto al cuerpo y el hedonismo no podían estar en mejor forma, el individualismo se volvió peligroso. Charly García pedía, casi paranoico, que no lo tocaran y, desde el título de la canción Anhedonia anunciaba la pérdida de la capacidad para sentir placer. El espíritu colectivista que había marcado los años anteriores había muerto y, a lo largo de la década, dio cuenta de nuevos gustos y usos sexuales. Virus les dedicó un tema a los taxi boys y otro a la masturbación -aquella Luna de miel en la mano-. Patricio Rey habló del “punto G”, del “pezón radiactivo” y jugó con la ironía, el semen y una famosa marca de gaseosas. Luca Prodan le pidió a su chica que no acabara y Spinetta le dijo a su mujer que no creía en nada si no hacían el amor. Miguel Abuelo gustó del “cola less” y celebró los tríos sexuales en Menage à trois. Su tocayo Miguel Mateos describió las costumbres del gay porteño en Tirá para arriba. Lo curioso es que este clásico infaltable en cualquier casamiento o reunión de amigos (en plan de nostalgia) fue -y todavía es- cantado por los más desprevenidos sin saber de qué se trata.

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