|
Autora: Daniela Barrera / Fotógrafo: Guido Piotrkowski
“No te confundas Marvel con DC”, avisa Pablo, de 35 años, que en tiempos del 1 a 1 supo armarse una suculenta colección que comenzó con el número uno de Batman -editado por Columba en representación de la gran Marvel- y llegó hasta El Cazador, un revolucionario producto local. La industria del cómic explotó en los ‘90, pero con la crisis nacional de 2001 la suerte cambió. Luego de los primeros pasos de la recuperación, de a poco, fue dando ese giro deseado para que la producción local, al igual que las que llegaban del exterior, retomara vuelo.
Lectores o coleccionistas distinguen entre los productos de cada editorial y siguen fielmente a un superhéroe sin importar cuán alejados estén de la realidad; ese componente es, justamente, el atractivo fantástico que mantiene despierto el interés.
La historieta en nuestro país vivió sus años dorados alrededor de los ‘50, cuando la televisión todavía no era noticia. Era el momento de las tiras cómicas y de personajes como el bueno y el malo, y nada más complicado; no se mostraban tramas demasiado dramáticas, ni el lado psicológico de los dibujados. Después el eje estuvo en los contenidos. A mediados de la década del 60 El Tony, Intervalo y la revista Dartagnán ofrecían, por ejemplo, más antecedentes históricos que los que hoy se encuentran en un cómic. De esta época surge un referente como Robin Wood. Estaban los seguidores de Patoruzito y también los de Superman; pasaron Nippur de Lagash y El Eternauta; llegó Wichtblade y X-Men, y una lista interminable de éxitos más actuales. Y la tendencia derivó en que la tecnología también tuviera su influencia en el desarrollo de este rubro, por eso lo contemporáneo apunta más a la imagen, al arte del dibujo, apelando a un consumidor que se deja provocar por el impacto visual.
Están los importados, los nacionales, los novedosos Manga japoneses y el infaltable merchandising -solo apto y accesible para ultrafanáticos-; un universo que vive y late desde las últimas décadas y más allá de las barreras temporales. En esta tribu no quedan dudas de que no hay edad para alimentar una pasión que se mantiene viva en cada generación.
SUBMUNDO
En el mundo de los fanáticos reina el deseo por conocer más, por bucear en las profundidades de ese mar de aventuras que provee el cómic. Por eso abundan los foros en internet, donde se debaten detalles particulares y extravagantes, como saber cuánta telaraña usó Spiderman en su vida; las convenciones en las ciudades más importantes del mundo; las charlas y presentaciones de nuevos productos, etc. Todo un submundo que tiene sus jerarquías, por ejemplo, entre aficionados y coleccionistas.
“A todo coleccionista le gusta saber mucho del tema y hablar de lo que colecciona para lucirlo”, adelanta Adrián, de 28 años, lector, no coleccionista, pero finalmente entendido en la materia. Carlos, de 23, adhiere: “Ser coleccionista es más que solo leer; es tener figuras, ver todas las películas 800 veces, ser extremadamente cauteloso a la hora de definir un personaje de ficción. Además, nos apasiona comentar en foros qué nos pareció tal o cual cosa”.
TERMINA DE CONOCER A ESTOS FANATICOS EN EL PLANETA URBANO DE DICIEMBRE
|
|