Tribus Urbanas: Vida en el agua

 

 

Autor: Diego Abdo / Fotografías: Cortesía Pepe Bettini y Tag Heuer

Esa única sensación de vivir a pleno la inmensidad del agua. Sobre el techo del barco y durante la noche en el río, una guía de estrellas acompaña a los navegantes que apenas ayer atendían en sus oficinas las urgencias que llegaban vía mail. Apenas ayer cemento, smog, ruido y anteojos con aumento para ver sin fruncir los números en la planilla de Excel. Hoy el viento arrastra con calma a los siete muchachos del velero Drink Team a las costas de Punta del Este; abajo el ancla hace su trabajo firme y el amanecer se acerca aplastando con su vastedad.
Es que así son los deportes-hobbies, mitad en serio y mitad de fin de semana, como una especie de deportista social que durante la semana es un analista de sistemas, un administrador de empresas o un jefe de un área comercial que se despoja de la rutina los sábados y los domingos apenas zarpa en su barco a vela.
“Navegando prima el espíritu de equipo, se la pasa muy bien, con puteadas y enojos incluidos. Pero el barco olvida, de eso no hay duda, y de eso también se trata navegar” explica Sergio Tonietti, que disfruta de la náutica con un plus: los amigos. Carga su velero llamado Drink Team de siete tripulantes y sale a competir en cuanta regata se torne tentadora.

Y si hay buen tiempo y sopla un lindo viento, de esos que invitan, no se duda más que unos 10 segundos: llamado a algún amigo y al río de cabeza a planear un rato encima de las aguas.
“Es muy loco que navegando conozcas a tanta gente y de tantos lugares distintos”, cuenta Mariano Varela, un treintañero que apenas sube al barco toma su rol de proel, que en el mundillo del velerismo es como decir “el que más se moja”. Sigue: “Comencé por hobby, por mi afición a la carpintería naval me llegaban partes de barcos para arreglar y un día me invitaron a la primera regata. Ni lo pensé y acepté al instante”. Pasaron casi 15 años.
Profesional o amateur de fin de semana, navegando solo o como parte de la tripulación de un barco, el velerismo crece en nuestro país, y no es para menos. Es que su pelotón de bondades promete despeje al aire libre, lucha cuerpo a cuerpo con la naturaleza y diversión en equipo. Tentador, ¿no?
Pero ojo, que si la cosa se pone brava y el tiempo no acompaña, o las aguas vienen demasiado picadas, cuando las competencias se extienden por más de 20 horas se asoman también las caras largas en medio del agua. “Te hacés sopa constantemente y llegás azul por la hipotermia porque estás mojado desde hace horas. Ahí te preguntás: ¿Cuándo se me ocurrió empezar con este deporte?”, dice Varela. “Pero aunque llegues muy mal, cuando te recomponés ya estás pensando en volver. Es incomprensible, para alguien que nunca navegó, entender la sensación que se vive”, agrega.
Y de la mano del compañerismo viene la camaradería entre unos y otros, y pese a que todos quieren ganar, en general no hay trampas ni nada que se le parezca. Así cada uno de estos caballeros y damas del agua tiene su club de pertenencia, su escudo en el agua, y entonces, cuando un velerista no conoce a otro, para rastrearlo pregunta de qué club es.

“De chico, cuando mis amigos se iban a jugar al fútbol yo me iba a navegar, no pensaba en otra cosa”, cuenta Tonietti, que con padre y hermano navegante, no dudó en sumar al equipo a su mujer y a su hijo. 
Y ya están todos sobre el agua: el timonel que lidera el grupo, a cargo del barco, el gran navegador que tácticamente planea el viaje según el pronóstico del tiempo, y también el trimmer, que con sus movimientos le da velocidad a las velas, y el piano que sube y baja las velas. También el escotero y el proel para el cambio de velas. Aunque si los vientos no ayudan o desaparecen, a no desesperar, porque se tira el ancla y a sentarse a descansar panza arriba mirando al cielo.

TERMINA DE CONOCER A ESTOS FAANTICOS EN EL PLANETA URBANO DE ENERO/FEBRERO