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Autor: Juan Manuel Cocco / Fotografías: Ramón Zumba
Marcelo Biaggini, un verborrágico descendiente de italianos que peina canas tras los amplios marcos de sus anteojos, no ha dejado de ver a Eros como su principal amor durante los últimos 15 años. No se ha puesto cariñoso ahora, sino que la pasión lo alcanzó de jovencito.
Antonio Macarini lo entiende sin “peros”, porque a él le pasa lo mismo, en su caso con Malcom, otro fanatismo incondicional que lo fue acorralando hasta una esquina en el barrio de Palermo. “De la casa al club y del club a la casa”, le gusta decir a Antonio, cincuentón, viudo, hijo de un mueblero de la calle Florida y una costurera fina; cambiando así un célebre mandamiento peronista.
Los cuatro: Marcelo y Eros, Antonio y Malcom, son inseparables desde hace décadas y han visto "aggiornarse" a Buenos Aires como en un documental, desde un punto de vista privilegiado, marginal y cargado de sentido.
"Primero fue Palermo solo, luego Palermo Viejo, después Palermo Hollywood y ahora, creo, Palermo Soho", despliega con una sonrisa Antonio, sentado a la mesa del espacioso bufete del Club Atlético y Deportivo Villa Malcom, en Córdoba 5064.
El barrio cambió, la gente cambió, pero hay personas que se resisten a abandonar algunas costumbres.
"Nosotros queremos conservar el club como un típico club de barrio, que sea un punto de encuentro para las personas, como lo fue para nuestros padres", explica Marcelo en su oficina del Club Social, Deportivo y Cultural Eros, en Uriarte 1609, también en Palermo.
Los dos, Antonio y Marcelo, secretarios de las referidas instituciones, no se conocen entre sí, pero no están solos. Ambos integran una laboriosa cofradía urbana que vio disminuir de 600 a 300 los clubes de barrio porteños en los últimos años, y que día a día da una minúscula pero monumental batalla frente al avance asimétrico de esta mole atolondrada que es Buenos Aires.
La hermandad disfruta de la espesa densidad del ocio. Derrocha y recupera el tiempo entre cafés, cigarrillos y anécdotas gloriosas. Procura reconstruir el tejido social y la precaria economía de los clubes mediante tareas solidarias, festivales de tango y actividades deportivas y culturales para niños. La tribu custodia, además, la identidad de cada barrio, donde los clubes sociales sufren una sangría persistente y el dedicado abandono del Estado, reacio a la hora de ayudarlos.
CLUB, CLUB, CLUB
Villa Malcom y Eros fueron fundados con trece años de diferencia. El primero, que lleva el nombre de una familia inglesa que llegó a la ciudad a mediados del siglo XIX, fue constituido el 6 de septiembre de 1928, unos veinte días antes de la irrupción en Buenos Aires de la histórica y populosa línea 59 de colectivos urbanos que trasladaba entonces a miles de obreros.
Por esos años la Argentina, un país al que había llegado una oleada de inmigrantes, era conocida como "El granero del mundo". Su naciente comunidad aunaba entonces esfuerzos para construir asociaciones de ayuda mutua, hospitales y otras organizaciones de bien público frente a un Estado hostil.
Buenos Aires, una de las urbes más habitadas del planeta a principios del siglo XX, no fue la excepción. Millones de emigrantes pobres recién llegados de Europa, masivamente de Italia y España, emprendieron la aventura de darse una mano solidaria. Muchos de esos proyectos forjaron clubes sociales, varios con la fuerte impronta política y combativa de la clase obrera.
El Partido Comunista, por ejemplo, fue promotor destacado de clubes sociales, bautizados con las consignas, los símbolos, los próceres, las fechas revolucionarias y los colores del partido: Unión y Trabajo, El martillo y la hoz, Sportivo Lenin, 1ro de Mayo y Boquense Roja.
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