El sueño del auto propio

 

 

Fanáticos a ultranza, los scalextric-dependientes se entregan por completo a su afición por los fierros. Maquetas cuidadas hasta el detalle, perfeccionismo de coleccionistas y unas ganas inamovibles de vivir una infancia eterna.

Autor: Diego Abdo / Fotógrafo: Nicolás Faig

Sobre el piso quedó la idea de que los autitos son solo cosa de niños. Los planetas de la galaxia scalextric despejan toda duda en las distintas pistas que se esparcen por la ciudad de Buenos Aires y el interior del país. Allí los fanáticos del scalextric llegan al súmmum mostrándose como una tribu de adultos jugando a cumplir el sueño de los niños. Unas tres veces a la semana, Eddie Bátolo, de 43 años, se da una vuelta por las pistas del local Añe, en el barrio de Palermo. Como casi todos los que andan por el lugar, creció en la época de oro del scalextric, allá a principios de la década del 70. “Todo lo que tiene que ver con autos a mí me gusta. Me enfermaron mis viejos; ya a los tres años había visto mi primera carrera”, dice Eddie, hoy al mando de una empresa que se encarga de importar cochecitos.
Chasis lookeados, herramientas de todo tipo, réplicas de los coches verdaderos del Turismo Carretera y gomas para cada una de las pistas son solo algunas de las puntas de este hobby que entretiene como si fueran niños a estos grandotes.

Una vez en marcha el juego, amaga con ser una simple inquietud amateur, muy inocente; pero de pronto, cuando pasa el tiempo, la cosa toma el color de un  inusitado profesionalismo. “Hace tres años me agarró fuerte de nuevo, cuando le compré una pista a mi hijo. Ya la primera noche terminamos jugando con un amigo, como dos nenes, mientras mi hijo miraba sin entender nada”, dice Juan Carlos Fiore, empleado bancario de día y fanático del scalextric por las tardes-noches. “Es un juego de niños-grandes, y es un cable a tierra que me permite desenchufarme del trabajo”, agrega.
Y en las maquetas de las pistas todo parece real: con boxes cuidados hasta el detalle, camiones esperando cargar a los coches, auxiliares preparados para actuar en caso de problemas, tribunas repletas de personitas con sus banderas y árboles de todo tipo para resguardarse del sol. Todo en una réplica a escala 1.32 de la realidad.
Ya cuando la cosa deja de ser un simple pasatiempo y toma forma de competición, los participantes pueden elegir entre las distintas categorías que van desde los autos clásicos, el Gran Turismo, Rally, Rally 4x4 y Le Mans (con varias categorías según el año), solo por nombrar algunas.

En un campeonato largo cada carrera termina entregando un trofeo al ganador y uno aún mayor al campeón, como en la vida misma. Por supuesto que también la tecnología le ha dado el sí al scalextric hace rato, con la digitalización de las pistas que permite, por ejemplo, que los autos se queden sin nafta virtual si su conductor fue poco previsor y no recargó el tanque en boxes.
Y en las internas están los que andan en las categorías de coches con imán; y los más avanzados que se la juegan en las categorías con autos sin imán, imposibles de dominar en las curvas por un inexperto.

Pero volvamos a los conductores. Diego, de 19 años, es quizás uno de los más nuevos en la competición más dura. Un día pasó por una pista y le llamó la atención que hubiera gente grande corriendo en autos chicos. Alquiló coches el primero, el segundo y el tercer día. Al cuarto saltó a la pista con su autito propio. Ahora, dos años después, tiene 40 autos, y va casi todos los días a probar suerte, y si las cosas le funcionan bien en unos meses piensa disputar una competencia internacional de scalextric en Brasil.
“Una vez que entrás no hay vuelta atrás, es como un camino de ida. A mí me gusta ir a probar mis coches los domingos a la mañana bien temprano, cuando no hay nadie, y mi familia a veces no me entiende”, asegura Diego. Y como para cerrar la noche, cada vez que va a la pista de Añe, se va a comer a un restó con sus amigos tuercas.

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