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Autor: Sergio Elguezabal (Especial para El Planeta Urbano)
Hace dos décadas que viajo por el planeta ejerciendo mi profesión. Es una rueda fantástica que me permite ver retazos de la vida que llevamos en mil escenarios diferentes. En Polinesia describí a sus mujeres rociadas de pétalos, los tiburones mansos y el coral. Pasé una semana en la Isla de Pascua, con sus moais plantados y sus homosexuales dando vueltas. Podían exhibir cómodos su orgullo, lejos de la mirada de Pinochet, a quien ocupaban otras urgencias restrictivas. Frente a las pirámides, en Egipto, comprendí mejor el sentido mágico que encierran ciertos esfuerzos del hombre en pos de su trascendencia. Y comparé aquella obra con la nadería que a veces embarga nuestras horas. En
Londres encontré poco más tarde gran parte del botín que la corona usurpó a los faraones. En sus museos permanecen estacionadas las piezas arqueológicas que incluyen vestimenta, vasijas y tesoros de incalculable valor. Me asomé a los combates civiles en El Salvador, volé insistentemente sobre el Triángulo de las Bermudas y descendí a las islas para revivir sus misterios, tomé uvas deliciosas en las campiñas de Galicia y aprendí a teñir la lana con zanahoria o yerba junto a las tejedoras de la Puna, en Jujuy. Recorrí una trama diversa y resultó apasionante descubrir algunas certezas de aquel mundo que, en términos generales, parecía tener claro adonde ir.
Jamás experimenté la sensación de fragilidad con la que hoy transito. Si estoy en los aeropuertos de los que antes eran los países más seguros, aparece la posibilidad cierta de volar en mil pedazos víctima del “terrorismo internacional”. Y, ya en las ciudades, sufro la horrible opresión que genera el tránsito interminable de las autopistas, o los rascacielos amontonados en el down town, que se ha extendido radicalmente. Acabo de ver construcciones faraónicas en Dubai, donde están taponando el golfo Pérsico con arena y cemento para dar forma a la última extravagancia que alojará a millonarios con pecera casi natural en los fondos de su casa.
El despropósito arquitectónico ocurre en países que viven la última bonanza del petróleo, pero también en Buenos Aires o Panamá. En ninguno de estos sitios se tuvo en cuenta la urbanización sostenible. Mucho cemento y ocupación del espacio vital en desmedro del aire puro y el sol esencial. Se trata de un auge inmobiliario acorde con las últimas estadísticas. Según una proyección de las Naciones Unidas, dentro de 20 años más de la mitad de la población mundial vivirá en zonas urbanas, especialmente en países subdesarrollados como el nuestro. Y muchos serán pobres. El petróleo desaparecerá, habrá escasez de agua, faltará electricidad y será creciente la dificultad para conseguir alimentos.
El mes pasado estuve cerca del paraíso, y también me sentí endeble. En las islas Maldivas, donde los peces de colores se menean entre tus piernas, la población está aterrada por las proyecciones científicas sobre el aumento del nivel del mar que los dejaría sin sus casas, la mezquita donde oran, las escuelas donde aprenden y el patio que dan a sus hijos para jugar.
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