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Autor: Enrique Szewach* / Ilustración: gEme
* Economista y periodista. Consultor del Banco Interamericano de Desarrollo y del Banco Mundial.
Existe un amplio consenso entre los analistas económicos sobre que el 2007 puede repetir la extraordinaria performance de 2006. Este pronóstico se basa, claramente, en un escenario internacional que, en cuanto a los precios de los productos de exportación y la tasa de interés real, sigue siendo extremadamente favorable para la región en general y para la Argentina en particular.
Pero los consensos empiezan a diluirse en cuanto se profundiza respecto de las tensiones que se están acumulando en la macro y las distorsiones que aquejan la micro. En efecto, para los optimistas, esas tensiones no alcanzarán a comprometer el futuro económico argentino, mientras que para los pesimistas, los problemas que se están sumando, más temprano que tarde, darán lugar no a una crisis como la vivida hacia finales del siglo pasado, pero seguramente a la necesidad de un cambio fuerte de políticas, con costos y ajustes varios.
Repasemos entonces.
En la macro, las tres cuestiones centrales se refieren a la política monetaria y crediticia que siguen impulsando el consumo, la demanda y, por ende, la inflación; a la política cambiaria, que al pretender mantener el precio del dólar lo más alto posible con compras del Banco Central, también presiona sobre la emisión de pesos y la emisión de deuda (para tratar de sacar el exceso de pesos que se emiten); y finalmente, al hecho de que como los gobiernos provinciales están aumentando salarios y empleo y el gobierno nacional jubilaciones, el extraordinario superávit fiscal de los últimos años está cayendo rápidamente y en algunas provincias ya es déficit, obligando a una creciente presión impositiva sobre los que pagan.
En la micro, los problemas centrales surgen de la distorsión de precios de la energía, donde los precios locales están muy lejos de los internacionales, generando mucha demanda -por baratos- y poca oferta -por desincentivo a la inversión-. También el control de la tasa de ganancia de las empresas grandes que están en blanco, donde el gobierno considera que, como han ganado mucho en los últimos años, es tiempo de ganar menos y repartir más. Y, finalmente, a la tasa de inversión que, si bien se ha recuperado, no resulta suficiente para garantizar mayor producción, mayor productividad y mayor competitividad -más allá del dólar caro-.
Para los pesimistas, la situación monetaria, crediticia y fiscal impedirá que la tasa de inflación baje sustancialmente, obligando a mayores controles de precios y a una fuerte presión sindical para recuperar salarios. Esto, a su vez, repercutirá negativamente sobre la rentabilidad empresaria, afectando la inversión y llevando a un techo la producción en la medida que la capacidad ociosa se agote y la mano de obra capacitada llegue al pleno empleo. El techo a la producción, a su vez, impedirá seguir creciendo fuerte en la recaudación y obligará a los estados provinciales y al gobierno nacional a incrementar la presión impositiva, afectando nuevamente la rentabilidad empresaria y los precios. Mientras tanto, la falta de incentivos para la producción de combustibles y energía en general impedirá que la oferta energética acompañe la demanda, poniendo a su vez un freno a la producción y al crecimiento, agravando la descripción previa. Todo esto termina, insisto, para los pesimistas, en la necesidad de sincerar precios, cambiar la política monetaria, cambiaria y fiscal y reajustar fuerte la economía, todo esto, of course, después de las elecciones. Para los pesimistas, entonces, 2007 es el último buen año de este ciclo, de manera que habrá que aprovecharlo con inteligencia y prepararse para las “vacas flacas”.
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