Tribus Urbanas Vida al natural

 

 

Autor: Ignacio Magurno / Fotógrafo: Estanislao Cantón

Camino a Navarro el paisaje se torna monocromático. La ilusión rememora un paisaje de colores que nos permita apaciguar el insomnio del gélido mediodía, pero rebota sobre el asfalto de una carretera desprolija. No eran las formas cónicas de los letreros lo que indicaba que el destino se aproximaba. La sensación que nos perturbaba era más ambigua que nuestra lucidez hasta que, de pronto, un pequeño cartel se interpuso en nuestro desorientado rumbo.

La entrada a Gaia, la primera y única ecovilla del país -fundada hace once años-, es una tranquera de madera corriente que no permite vislumbrar lo que se esconde tras ella. Un letrero de bienvenida advierte que debemos seguir el camino, indicado por flechas colocadas en los árboles, que conduce al centro comunitario de la villa. Jorge es quien nos recibe y nos invita a compartir un almuerzo naturista antes de recorrer el lugar. En ese momento todos los habitantes del paraíso ecológico están abocados a sus quehaceres diarios: los niños juegan en un arenero con dos abuelas que los cuidan, las mujeres del lugar se pierden entre la vegetación y Gustavo Ramírez, director del proyecto, es el que se entusiasma hojeando una revista. No parecen ajenos al mundo que los rodea porque cada uno de ellos tuvo una vida en la ciudad.

Sin embargo pudieron despegarse del urbanismo y hoy viven en una comunidad que mucho tiene para imitar.
“Lo primero que encontrás cuando te acercás a la naturaleza es que tenés la provisión del alimento, el techo. Todo por lo que te desvivís, está resuelto. Ahí te planteás cuáles son tus objetivos en la vida. ¿Un trabajo que te deje un sueldo para pagar el alquiler y la comida? No, todo eso está resuelto”, dispara Jorge antes de dirigirnos hacia donde está el centro de duchas y el lavadero de ropa. El agua para esos fines se calienta por medio de un sistema de colectores solares planos. Las “aguas grises” (con jabón) son tratadas con un sistema especial que consiste en un canal de 16 metros de largo que fue excavado, impermeabilizado y luego rellenado con tres capas verticales de arena, arcilla y piedras partidas. Sobre esto se plantaron achiras y totoras, que eliminan oxígeno por las raíces y favorecen el desarrollo de bacterias aeróbicas, que por su potente efecto descontaminante purifican el agua.

“Las flores de las achiras atraen gran cantidad de insectos polinizadores, las totoras producen gran cantidad de biomasa que puede ser utilizada como abono. El polen de las flores es una fuente de alimentos con altísima cantidad de proteínas y vitaminas”, cuenta Ramírez.
Otro sistema particular fue diseñado para los baños secos. Los desechos sólidos se reciclan en una cámara especial hecha con un cultivo de lombrices rojas californianas que generan humus. “El líquido no se mezcla, se guarda en tambores y bidones, y disuelto en agua se convierte en el mejor de los fertilizantes”, explica Gustavo Ramírez.

DE LA TIERRA, EL VIENTO Y EL SOL
El área agroforestal abarca 5 hectáreas donde se cultivan unos 500 árboles frutales de 30 especies diferentes, 4.500 árboles para madera y algunos espacios propios para el cultivo de verduras, que requieren gran cantidad de sol. De las frutas también obtienen dulces. Una de las virtudes es que no se utilizan palas ni tractores que muevan el suelo, con lo que se favorece la disminución de la pérdida de humedad y el mantenimiento de su fertilidad. Así también es mínimo el requerimiento de riego.

CONOCE POR COMPLETO A ESTA TRIBU EN EL PLANETA URBANO DE AGOSTO.