Por Clara Cook y Agustina Fernandez / Fotógrafo: Nicolás Faig
“La función del arte en la sociedad es edificar, reconstruirnos cuando estamos en peligro de derrumbe”, decía Sigmund Freud, quizá sin la mínima intención de establecer una verdad histórica. Ocurre que no hay dudas -y la historia lo demuestra- de que cuando un pueblo atraviesa una crisis, su único refugio y consuelo es la cultura. Mejor que los dichos, vamos a los ejemplos.
Durante la Guerra Civil española un tal Pablo Picasso creaba el Guernica. Ardía el Mayo Francés mientras una juventud enardecida pintaba las paredes parisinas al grito de “¡La imaginación al poder!”. De la misma manera, la fuerte crisis de 2001 en Argentina vio renacer una Buenos Aires exuberante de cultura, prima hermana del destape artístico surgido en el ‘83 luego de la vuelta a la democracia.
Así como la religión cristiana necesitó sus iglesias para concentrar su fe luego de aquel mayo del '68, también era importante que la cultura encontrara un marco de contención. Así fue como surgió el concepto de centro cultural, tal como se lo conoce hoy en día. Fiel a su estilo de vanguardia dentro de Latinoamérica, la Argentina puede darse el lujo de decir que tuvo el primer centro de esta índole de la región creado en 1970: el San Martín. Su actual directora, María Victoria Alcaraz, subraya lo llamativo de este emprendimiento agregando que “fue diseñado, pensado y luego construido para ser centro cultural”.
En 1980, luego de más un siglo de funcionar como monasterio, hospital de sangre, asilo de mendigos y hogar de ancianos, se erigió con un proyecto del arquitecto y pintor Clorindo Testa el hoy denominado Centro Cultural Recoleta. Resulta que así, en una ciudad que presentaba sus expresiones coartadas, surge un respiro, un espacio para aquellas voces silenciadas.
“El Rojas nace a fines del '84 con la democracia. Todas las actividades artísticas que se movían desde la clandestinidad empezaron y se afincaron acá. De este modo pasó a ser un centro de vanguardia, un semillero artístico y cultural”, relata Fabián Lebenglik, director de este centro.
CADA CUAL A SU JUEGO
Con el tiempo las instituciones culturales fueron acuñando su propio estilo, diferenciándose mientras se complementaban, dando lugar a un amplio abanico de ofertas para los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. Así, resulta que los centros no son solo meros edificios, sino que tienen vida y hasta un espíritu propio.
“El Recoleta es un espacio que nos pertenece y les pertenece a todos los actores que conforman la sociedad o la comunidad artística; que son el público, los artistas y los trabajadores de la cultura. Tiene un espíritu de mucha amplitud, de mucha apertura, un espíritu de trabajar en conjunto”, explica Nora Hochbaum, directora del centro que le da vida a este barrio porteño.
Por su parte, el director del Centro Cultural Rojas cree que lo que hace vibrar al centro y por lo cual algunos lo eligen es esa mixtura entre lo culto y lo popular. “Acá hasta los jubilados vienen a estudiar y a comprometerse con la cultura. Está esa reunión de públicos y registros culturales, edades y clases sociales”.
A diferencia de sus pares, que pueden manifestar su rasgo distintivo, el Centro Cultural San Martín, según las palabras de su directora “es polivalente. Esto muchas veces en nuestro país genera confusión. Ahora no, pero antes la gente decía ‘el San Martín es muy bueno, tiene muchas actividades, pero lástima que no tenga un perfil definido'. En realidad el perfil es ése: realizar muchas actividades de modo simultáneo y que ninguna sea más importante que otra”.
TERMINA DE CONOCER DE LLENO LOS CENTROS CULTURALES PORTEÑOS EN EL PLANETA URBANO DE ENERO/FEBRERO