Cuba: Más allá del Bien y del Mal

 

 

Autor y fotógrafo: Héctor Di Luzio

Cuba no es para cualquiera. Y ojalá esto fuese obvio. Quizá de esa manera las historias ya vividas serían más fáciles de relatar.
Cuba no es solo política, no es solo música, ni solo playas, solo tabaco, solo sexo, solo pobreza, solo Fidel o solo el Che.

Cuba, tal vez solo en La Habana -quién sabe-, convive con los que aún esperan conocerlo a Gardel, con campeones mundiales de ajedrez y dominó, con líricos hispanoparlantes que también equivocan la pronunciación del apellido de nuestro presidente. Puede no flamear la bandera argentina en sus edificios más importantes, pero se leerá siempre un “Batistuta” en la espalda albiceleste de algún moreno.

Su humor nos resulta conocido, pero nosotros no les enseñamos. ¿También la agudeza? ¿También el ingenio inconfundible? Por supuesto. ¿O acaso muchos de nosotros alguna vez no sentimos odio, discretamente escondido en la reprobación a otro argentino esperando su avión en algún aeropuerto del mundo? Lejos estamos de ser los mejores…

Una buena dosis de Cuba, una semana en Camgüey y dos en Ciudad de La Habana fueron suficientes para convertir un ordinario viaje hacia otra latitud en una experiencia de antojo interdimensional. Sonará, pero no es exageración. Todavía estoy reponiéndome de las disputas en las guaguas, del alarde callejero de un estudiante con machete en mano y del eternamente sabroso congril (arroz con frijoles).

Todas, absolutamente todas las conversaciones con uno y otro siguen rebotando en mi memoria, y volver a Buenos Aires me resulta extrañamente difícil.

Bien, aquí estoy y quiero quedarme de todos modos. Pero, ¿por qué seguir aceptando los carteles de la riqueza y extrañando las sábanas de la pobreza? ¿Por qué continuar con la impotencia de no animarme a estar conforme con lo que hay? Lo que hay allá, en aquel lugar, aun así es más de lo que muchos tienen y tendrán jamás.

Acepto mi vida y regreso a las fotos. No me preocupa saber que ni siquiera han alcanzado la dimensión física (así es la era digital). No alcanzan los videos del mundo para recrear una experiencia, un recuerdo vívido. Cada puerta abierta, cada pispeo rápido que de ahora en más se cruce en mis paseos urbanos tendrá un eterno competidor. La experiencia, en su afán de superarse, no podrá con esta realidad imbatible. Cuba es única, única como la Argentina, única como su gente. Esa gente que frecuenta el Malecón de día o de noche para matar el aburrimiento, la que prepara café por la tarde en una sala vacía de hospital, la que no se conmueve con un reluciente Chevrolet del ‘50 parado en la puerta de su casa.

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