Contrastes del viento

 

 

Fotógrafo y autor: Faq Mendizábal

Cuesta del viento. Un espejo de agua artificial a 1500 metros sobre el nivel del mar. Un lugar en el mundo donde es posible combinar misticismo y realidad.

La primera vez que llegué a Cuesta fue un 25 de diciembre, con el último respiro de mi Renault 11 que venía corcoveando desde unos cuantos kilómetros antes. Los últimos 50 fueron de total osadía… con las condiciones de mi carro, y las cornisas que se adivinaban en la oscuridad de la noche. El aliento de mi compañera copiloto fue esencial para llegar a Rodeo.

Rodeo es un pueblo junto al dique. Nos tomó un instante darnos cuenta de que no eran esas cabañas de machimbre las que buscábamos, eran el dique y un rancho de adobe donde queríamos dormir. La mañana nos llevó a redefinir nuestra morada, así logramos dar con el rancho Lamaral. Juana y yo ocupamos una de esas habitaciones de mil camas y paredes espesas. Compramos privacidad y un par de camas sin ocupar.

La primera imagen del dique

Corre a lo largo, el viento lo acompaña y hay que navegarlo a lo corto… el agua tiene ese color indefinible que depende del viento.
Después del mediodía sopla, sopla y no parará de soplar. Es el paraíso, es la respuesta a tantas ansias de ver levantar viento , de cazar la vela hasta más no poder, de calzarse ese neoprene y salir.

Volar, volar… y mirar esos cerros, sentir el agua en los pies, el viento correr, el sol golpear... y volar.

Comulgar junto con los que ahí antes volaron, antes que yo pudiera navegar; cuando las comunidades de aborígenes habitaban estas tierras.
Acá existen distintos personajes, tan variados y extremos como la geografía del lugar. Esos extremos tienen consecuencias, y no todo es armonía en Cuesta, así es el viento, así es lo extremo.

Llenar el cuerpo de alegría, de poder. Mirar esos cerros, los únicos testigos que algún día vieron un río y extensas tierras cultivadas, chamanes y aborígenes; hoy ven windsurfistas y operarios de una mina de oro, ven mecánicos y artistas, ven trabajadores y algún que otro delirante que anda por ahí…

Ellos son los que moran en este extremo del mundo. Yo me permito escapar hasta esas lejanías varias veces al año. Trato de absorber esa energía, de buscar todos mis pedacitos… esos que dejé flotando en el viento, para poder seguir.