Catamarca

 

 

Autor: Fernando Gorza / Fotografía: Cortesía La Lunita

No hay en Catamarca dos valles iguales. Los cerros que custodian el camino desobedecen cualquier regla impuesta y ofrecen al viajante un abanico de formas y contornos donde nada se repite y todo se recorta en un azul profundo. De esta manera, al llegar a la capital provincial de San Fernando del Valle de Catamarca a 1.198 kilómetros de Buenos Aires, el asombro se convierte en el principal aliado de un viaje fascinante y revelador por estas tierras del noroeste argentino.  
Los caprichos de la naturaleza materializados en un sinfín de formas, seres y colores quisieron que las primeras postales de esta provincia fueran interminables hileras de olivos, campos de pimiento y nogal, árboles achaparrados y un desfile de pumas, llamas, perdices y liebres.
Sebastián Madina, responsable de La Lunita, operador turístico que trabaja diferentes destinos de Catamarca, explica que “el valle central de la provincia está rodeado por el cordón de Ambato, una especie de precordillera donde están los valles turísticos; y el de Ancasti. En medio de ellos se encuentra la Cuesta del Portezuelo”. Con solo extender la mirada, San Fernando del Valle se mimetiza en una paleta de colores donde los primeros techos de tejas rojas se confunden con el verde de las plantaciones y el marrón de los cerros.

EN CAMINO
Ubicada en medio de la Plaza 25 de Mayo se encuentra la Catedral Basílica, que posee un estilo neoclásico y fue construida en 1859 en honor a la Virgen del Valle. Junto con el Museo Arqueológico Adán Quiroga, que conserva vasos, pipas de cerámica, instrumentos musicales, máscaras de piedra y otros objetos de las culturas aborígenes que poblaron la región, conforman las visitas obligadas de la ciudad. Los primeros caminos que se alejan del centro acercan a la vez a ciudades distantes de la capital, en las que el silencio pueblerino se adueña de las calles y descansa a la sombra de sauces y algarrobos.
Aproximadamente 270 kilómetros después de la capital provincial en dirección ascendente, Londres invita a una parada de un par de horas para recuperar energías, visitar los alrededores y desandar parte de la historia. El pueblo, ubicado en torno de la plaza Hipólito Yrigoyen, es el primero que fue fundado en territorio catamarqueño, el 24 de junio de 1558, por Juan Pérez de Zurita; y el segundo en el país, luego de Santiago del Estero.
María Angélica, una de las 2.600 personas que viven en Londres, explica que “la capillita de La Inmaculada Concepción es una de las más antiguas de la zona. Tiene 210 años y celebra misa domingo por medio porque el párroco viene de Belén, una ciudad que está a quince kilómetros de acá”. La voz de esta mujer de unos cuarenta años se pierde en la postal más típica del paisaje norteño: angostas calles de tierra pobladas de casas sencillas que conducen la mirada a los altos valles repletos de sol.

HACIA ANTOFAGASTA
Las tierras fundadas por Pérez de Zurita quedan atrás para alcanzar nuevas experiencias que completen el viaje. Luego de subir la cuesta de Belén el camino sorprende a cada instante. Los paisajes cambian y se multiplican. La infinidad de los valles no entra en una sola mirada y la puna catamarqueña se desparrama en colores eternos y tonos profundos; formas que nunca se repiten, sino que cambian y se mimetizan.
A medida que el camino avanza, la vegetación verde y tupida deja lugar a nuevas formaciones rocosas. Madina explica que “el color de los valles es por los minerales que en ellos se encuentran. El verde es óxido de cobre, el amarillo azufre y el rojo hierro.”

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