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La capital negra del gigante sudamericano es sincretismo puro. Música, religión, Carnaval y playas paradisíacas se combinan en esta ciudad formando un cóctel tropical.
Texto y fotos: Guido Piotrkowski
Bahía de Todos los Santos. ¿Cuántas ciudades pueden jactarse de tener una iglesia por cada día del año? ¿Cuantos lugares pueden autoadjudicarse el Carnaval más grande del mundo? ¿Cuántas urbes veneran con tanto fervor a decenas de dioses, fruto del sincretismo religioso? Salvador es así, y no es por casualidad entonces que la capital de Bahía esté ubicada en esta mágica ensenada.
La cultura africana y sus increíbles fiestas en honor a los orixás (dioses) del panteón afrobrasileño convocan multitudes, tantas como “o Carnaval mais grande do mundo”. El mercado de Sao Joaquim, ubicado en la ciudad baja, es un lugar donde se confunden olores y sabores, colores y calores. Cada paso allí es una aventura, una historia nueva. También el
Mercado Modelo, más turístico y accesible, tiene su encanto: hamacas de todos colores y artesanías de todo tipo se cuentan de a miles en los cientos de puestos, dentro y fuera del antiguo predio. Las bahianas, de punta en blanco, cocinan acarajé (un bollo de camarones frito en aceite de dendé, típico de la culinaria local), con toda la parsimonia, sentadas durante largas horas bajo un sol abrasador. El aroma se vuelve inconfundible y el sabor, inolvidable.
Y qué decir del Pelourinho, colorido casco antiguo de la ciudad donde supo habitar Jorge Amado e inspirarse para describir, quizá como ningún otro, el cotidiano bahiano. Sus calles de piedra que suben y bajan entre centenarias iglesias son testigos indiscretos de la llegada de los esclavos a estas tierras. En este mítico barrio se puede resumir la historia del Salvador, primera capital de Brasil.
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